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Sociedad Astronómica del Planetario Alfa
Revista Polaris de la SAPA
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15 de febrero de 2005
Del cuerpo de Galileo
solo se conserva un dedo. Pero todavía hoy, los
descendientes de sus técnicas siguen aprendiendo,
creciendo y desarrollándose ya que el dedo de Galileo
apunta a la salida de la ignorancia medieval y aun
posmoderna, por lo que Galileo sigue metiendo su dedo en
el betún de todos los pasteles científicos de nuestro
tiempo. ¡Feliz Cumpleaños, Galileo!
GALILEO ESCRIBE EN SU
CUMPLEAÑOS
Hola, soy el dedo de Galileo. (1564-1643)
Ustedes perdonarán la pobreza de elegancia en la
redacción de esta carta, acostumbrados como los
tenía a mi prosa casi poética, pero, ¿qué esperaban
con un sólo dedo?
El dedo medio de mi
mano derecha, seccionado de mi cuerpo por un
anticuario llamado Anton Francesco Gori el 12 de
marzo de 1737 cuando se trasladaban mis restos desde
la capilla de San Cosme a la iglesia de Santa Croce,
en Florencia, actualmente se expone en el Museo de
Storia della Ciencia. El vaso en que se conserva mi
dedo tiene una base cilíndrica de alabastro con la
siguiente inscripción.
No desprecies los restos de este dedo, mediante
el cual una mano derecha medía senderos en los
cielos, revelaba a los mortales cuerpos celestes
nunca vistos y, al preparar un pequeño trozo de
frágil vidrio, fue el primero en atreverse a
realizar un acto que mucho tiempo atrás estaba
incluso fuera del poder de los jóvenes Titanes, que
crearon altas montañas en un vano intento por
ascender a ciudades elevadas.
Mi historia
No lo puedo creer. Este 15 de febrero de 2005 se
cumplieron ya 441 años de mi nacimiento. Fui de
familia florentina e hijo de un hombre de rara
mixtura de músico, bohemio y comerciante de telas,
que se ocupaba más tratando de crear un nuevo estilo
de música vanguardista que de los deberes del hogar.
Desde muy pequeño, mi padre colocó en mis manos un
laúd que me enseñó a tocar para que lo acompañara en
la ejecución de sus canciones, que por cierto eran
muy solicitadas, conocidas y reconocidas tanto por
el vulgo, como por la nobleza de entonces. Cosa
curiosa: Entre más mi padre me enseñaba las artes
musicales, más mi interés por las matemáticas
crecía.
Mi papá era culto y deseaba que yo también lo fuera;
Me enseñó latín y griego y considerando que debía de
perfeccionar estas lenguas, me llevó con unos monjes
a un monasterio. Se llamaba la abadía de Vallenbrosa
y estaba ubicada en medio de un hermoso valle —por
eso se llamaba así— rodeado de montañas con
perfumados pinos y el encanto de las aves. Al
principio yo no quería ir, pero papá era realmente
voluntarioso.
Fui muy bien recibido por estos amables monjes
Jesuitas que aunque serios algunos, encantadores
eran otros. Uno de ellos era un magnífico matemático
que me enseñó la geometría de tal manera que me
cautivó dejándome marcado para toda mi vida; Aprendí
que el Universo tiene un lenguaje y que ese lenguaje
eran las matemáticas.
Aunque era muy joven, decidí que mi futuro era
hacerme monje; Estaba rodeado de la belleza del
medio ambiente, recibía la calidez del trato de mis
maestros, comida, abrigo y ¡tiempo para estudiar! La
combinación perfecta. Si no eras multimillonario,
quiénes podían incursionar en las ciencias eran los
militares y los clérigos. De modo que le escribí a
papá para expresarle mi deseo de tomar la carrera de
monje. En mi carta también le decía que me había
dado una pequeña infección en los ojos, cosa que
nunca hubiera hecho. Mi padre se apersonó en la
abadía, encolerizado.
—¡Mi bambino está enfermo de los ojos!— les gritó
papá a los asombrados monjes y al tiempo que los
tachaba de irresponsables, me sacaba de las
instalaciones del monasterio, diciéndome:
—Mijito, tú no naciste para cura. Serás médico, pero
también músico y culto como tu padre, nomás eso me
faltaba.—
En 1581 asistí a la escuela de medicina, en Pisa,
donde me enseñaban curación, filosofía, fisiología,
latín, griego y hebreo. Pisa había sido una ciudad
horrible, pero la habían mejorado bastante. Los
Médici, estos personajes florentinos, cuya familia
era paradigma del mecenazgo, habían convertido a una
ciudad pantanosa y maloliente en un vergel, en un
verdadero jardín botánico que llegaría a ser la
envidia de las ciudades europeas.
Las clases en la escuela de medicina eran para mí un
monumento al aburrimiento; Contrario a lo que les
sucede a la mayoría de los jóvenes, que abominan las
matemáticas, yo era infeliz sin ellas. Mi capacidad
de abstracción era muy alta y mi inteligencia
espacial me permitía tomar una ventaja infinitamente
superior sobre mis compañeros y profesores.
Mi actitud, debo reconocer, no me hacía ganar
amigos. No era muy simpático, vamos; Me apodaban
merecidamente El Discutidor y estaba claro que no
pasaría a la historia como el más simpático de la
cuadra, pero a ver, díganme: ¿Cuándo han conocido a
un virtuoso que no sea chocante? —¿Verdad, Newton?,
quién por cierto nació el día en que morí—. Es más,
si un escultor de entonces hubiese querido hacer un
monumento a la aun no inventada penicilina, me
habría tomado de modelo, por aquello de que a todo
le daba la contra.
Sin que mi papá lo supiera, dejé de asistir a las
clases de medicina para colarme a las clases de
matemáticas que impartía en aquel entonces,
matemático de la corte, Ostilio Ricci. Fui
prácticamente disfrazado ya que Ricci sólo le daba
clases a los nobles y pudientes, pero valía la pena
ya que Ostilio Ricci no tenía parangón como maestro.
Impartía la clase casi de manera poética. Declamaba
los enunciados de Arquímedes y se sublimaba
explicando las ecuaciones. Ricci me guió de la
geometría pura a las teorías de la perspectiva y las
técnicas de la medición abstracta. Descubrí la
utilización de las matemáticas en el campo de la
ingeniería militar, que más tarde me servirían para
hacerme rico, ¿se acuerdan cuando invente aquél
compás geométrico militar?
Se me considera como el verdadero fundador del
método experimental.
Lo demás es historia, ya lo saben: Además de músico
me convertí en físico, matemático y astrónomo. En
1597 construí un termoscopio, en 1617 inventé el
anteojo binocular, después descubrí en 1583 la ley
del isocronismo del péndulo, indicando su posible
aplicación para medir el tiempo. En 1586 construí la
balanza hidrostática. En 1610 publiqué las
irregularidades de la superficie lunar, descubrí los
satélites de Júpiter y la composición de la Vía
Láctea. En 1615 la Santa Inquisición me condenó y
todos mis libros fueron prohibidos y fui obligado de
no divulgar ni enseñar mis teorías, viviendo mis
últimos días en arresto domiciliario. Pero sobre
todo, de lo que me enorgullezco es de qué manera
perfeccioné el telescopio.
PASAJES DE MI VIDA QUE ME MARCARON.
Mi experimento de Pisa.
¿Cuál sería mi mayor contribución a la ciencia?
La historia tiene la palabra, pero algo que quiero
subrayar es que en mi tiempo reinaban los conceptos
de Aristóteles, portento intelectual que hacía más
de mil ochocientos años había muerto pero que sus
seguidores se negaban a enterrar. Sus discípulos
eran más Aristotélicos que el propio Aristóteles,
que reverenciaban su nombre, pero olvidaban su
método; Pero como lo expresé en su momento En lo
tocante a la ciencia, la autoridad de un millón no
es superior al humilde razonamiento de una sola
persona.
Aristóteles salía al patio de su casa, volteaba al
cielo y decía: “He ahí las estrellas, siempre; La
tierra es el centro mismo del Universo” ¿Quién era
el macho que iba a contradecirlo?
Alguien se atrevió y yo lo abracé: Copérnico. Este
hombre sabio era médico, matemático, astrónomo,
clérigo y el sobrino rico y protegido del obispo
príncipe de Polonia.
Nicolás Copérnico dijo que el maestro Aristóteles,
vaca sagrada del pensamiento universal estaba, en
esta ocasión, tirando para el monte y yo, seducido,
le creí.
También me atreví a desmentir al maestro Aristóteles
en la cuestión de la velocidad de los cuerpos:
Aristóteles decía que si dos cuerpos de diferente
peso, se dejaban caer de por ejemplo, cincuenta
metros, el que pesaba más caería infinitamente más
rápido que el de peso menor. Mi posición contraria
era acompañada de burlonas carcajadas que se oían en
toda la ciudad.
Para demostrar que el maestro Aristóteles estaba
equivocado subí a la Torre de Pisa, que medía
cincuenta cuatro metros aproximadamente. Escogí la
hora en que maestros y alumnos, enemigos y
seguidores debían de pasar frente a la torre para ir
a la universidad, a modo de conseguirme el
suficiente público que fuera testigo de mi grandeza.
La plaza estaba repleta y las apuestas crecían a
favor y en contra. Los aristotélicos me gritaban
burlas, ya que se habían congregado mis amigos, mis
enemigos y todos los demás.
Llegué vestido con mis mejores galas. Mi figura
imponente sobresalía de los demás y el aire
enmarañaba mis pelirrojos cabellos. Llevaba varias
pelotas, de diferentes pesos y materiales como el
plomo, cobre, ébano y oro. Subí con donaire los casi
trescientos escalones de la torre.
Mi experimento, aunque parecía una obviedad del
tamaño de la torre misma, a nadie se le había
ocurrido o nadie se había atrevido, pero la torre de
Pisa estaba que ni mandada a hacer para mi ejercicio
de prueba, ya que parecía simbolizar por su chuecura,
las imperfecciones humanas y yo estaba dispuesto a
enderezar un pensamiento erróneo respecto a la
velocidad de los cuerpos en caída libre, aun y
cuándo en medio estuviera la figura agigantada y
monstruosa de Aristóteles, tótem del pensamiento.
Aparecí en lo alto entre pilares y arcos. Alcé los
brazos y saludé a la multitud, qué me respondió con
clamor. Algunos con gritos y enardecidos abucheos.
Es imposible dejar de reconocer que me sentí
halagado. Estaba allí para demostrar a mis enemigos,
quién era superior. Perdóname modestia, pero siento
un profundo desprecio por los seres pedestres.
Me preparé con una bola en cada mano. Desde abajo, la
multitud notó la diferencia en tamaño de los objetos
que mostraban mis manos. Los dos diferentes objetos
cayeron exactamente a la misma velocidad. Mi
experimento probó que las fuerzas que influyen sobre
un objeto son independientes del peso del mismo.
¿Por qué? Me estaba anticipando a lo que habría de
descubrir Isaac Newton décadas más tarde de que la
fuerza de la gravedad era constante. A pesar de sus
pesos diferentes, dos objetos caerán (en realidad
los objetos son jalados) al suelo exactamente a la
misma velocidad.
Hay quiénes aseguran que esta historia nunca sucedió
realmente, pero estoy convencido que las
ilustraciones no tienen que ser ciertas, basta con
que sean ejemplares.
Mis amigos y el telescopio. (1609)
Tuve cantidad de amigos, pero al que le debo mucho
es, sin duda, a mi entrañable compañero Paolo Sarpi,
<<mi maestro y mi padre>>. Este piadoso y enigmático
hombre que era historiador, filósofo, sacerdote,
diplomático, médico descubridor de las válvulas de
las venas, las oscilaciones de las pupilas, la
desviación polar de los imanes; Amante de la óptica,
de la química y de la metalurgia, me hizo uno de los
más grandes favores que se le pueden hacer a un
amigo: Me dio información.
Sarpi tenía un trabajo privilegiado y fascinante.
Era algo así como una especie de cronista histórico
de la iglesia. Tenía acceso a información
clasificada como secreta, esa que cuando se posee se
adquiere poder, pero también cercanía al peligro,
tanto así que se sospechaba de él como espía y le
apodaban justamente El Maquiavelo de Venecia.
Siempre que yo iniciaba una plática a mi modo, es
decir sarcástica, soez y vulgar, el me miraba y
decía <<Ahí viene la virgen, hablemos de otra cosa>>
Una vez llegó a la ciudad el fuerte rumor de que un
artesano holandés fabricante de lentes había
inventado unas lentes capaces de hacer que las cosas
lejanas se vieran cercanas y que las presentaba en
algo así como una especie de “tubo mágico”. El
holandés se llamaba Hans Lippershey. El artilugio
tan novedoso llamó muchísimo la atención de los
militares holandeses y le dicen al rey que tamaño
invento no puede ser del dominio público, de manera
que exigen se prohíba que Lippershey lo patente.
Hans le había puesto a su aparatito el nombre de "kijker”,
que significa “Buscador”. Aunque Hans no lo pudo
patentar ya que el rey de Holanda lo consideró arma
secreta y prohibió su comercialización, la piratería
ya hacia de las suyas. Pero además, no le puedes
callar la boca a un inventor, aunque un rey se lo
pida.
Una copia ranchera ya andaba cerca de mi. Hans
Lippershey había planeado un viaje a Venecia, con el
fin de enseñarles a las altas autoridades su
invento. En cuanto me llegó la noticia de la visita
del holandés fui a buscar a mi amigo Paolo Sarpi. Le
comenté que tenía que hacer algo con su poderosa
influencia para detener la visita de Lippershey,
hasta que yo encontrara la manera de fabricar mi
propio “tubo mágico”. Muy tarde era ya. ¡Lippershey
ya estaba en la ciudad!
—Mira Paolo, le dije: Vamos a ver que tan influyente
eres. Lippershey no debe, entiendes, no debe de
entrevistarse con las autoridades de Venecia. No
antes que yo.
—Sarpi, en esos días estaba muy ocupado y
preocupado, ya que era objeto del escrutinio de la
Santa Inquisición por estar bajo sospecha de crítica
a los procedimientos de la misma; Al poseer
información privilegiada y acceso a documentos
comprometedores que evidenciaban abusos, torturas y
asesinatos por parte de la Inquisición, Sarpi se
había indignado atreviéndose a expresarse en contra
de las prácticas de los dominicos que estaban al
frente de la institución.
Por su posición crítica, Sarpi había sido atacado al
llegar a sus oficinas y dejado por muerto después de
recibir varias puñaladas en la oreja, en la sien
derecha, en la mandíbula y otras partes del cuerpo,
mismas que Acquapendente, mi médico particular
atendió oportunamente, salvándole la vida.—
Paolo escucha entre nubes mi petición acerca de
retrasar la audiencia de Lippershey, se me queda
viendo y dice:
—Tengo información y hasta dibujos de ese juguetito.
Me llegaron hace como ocho meses, pero se me había
olvidado comentártelo ante tantas preocupaciones que
me aquejan.—
Me quedé perplejo y me quise morir. Miren, me
acuerdo y me tiembla el dedo.
Le arrebaté a Sarpi las notas y dibujos que me
mostraba y corrí a mi taller. Esa noche no dormí. Ni
la siguiente. Me la pasé soplando vidrio. Estaba
emocionadísimo con mis descubrimientos. Hice muchas,
muchas lentes cóncavas y convexas, de diferentes
espesores y tamaños, hasta que por fin un par de
ellas me convenció. Había logrado treinta aumentos.
Mi artesano me preparó un tubo de plomo de cinco
centímetros de diámetro y coloqué en él las lentes.
Sarpi me visita en el taller y me dice que tengo
como máximo quince días antes de que Lippershey sea
recibido. El Maquiavelo de Venecia sabía hacer su
trabajo. Quince días era más de lo que mi
disciplina, entusiasmo e inteligencia necesitaban.
Antes que inmediatamente, les mande unas cartas a
los principales de la ciudad invitándoles a ser
testigos del más grande invento de los últimos
tiempos. No les desilusioné.
Me esperaba un nutrido grupo de importantes de
Venecia. El principal, el dux Leonardo Donà, jefes
militares, magistrados, consejeros y sabios.
Salimos del palacio y nos encaminamos a la Torre de
San Marcos, y una vez allí apunté mi instrumento
hacia Padua, a cincuenta y seis kilómetros de
distancia. ¡Wow! La torre de Santa Giustina se vio
de forma brillante. Todos los importantes personajes
que se encontraban en la azotea de la torre parecían
chiquillos queriéndose arrebatar mi tubo mágico.
Después apunté hacia los pueblos más lejanos, a
ochenta kilómetros; Apunté también hacia el mar
Adriático y vimos en el horizonte galeras que
hubieran tenido que navegar dos horas a toda vela
para poder ser notadas a simple vista. ¿Se imaginan
este invento en manos de despiadados piratas? El
jefe militar veneciano comprendió inmediatamente la
importancia de este asombroso artilugio, que al
final se le quedó el nombre de telescopio, a
sugerencia de mi amigo del grupo de Los Linces,
Guillermo de la Porta.
En un momento dado, entusiasmados como estaban, ya
querían gritar para preguntarme el precio de mi
telescopio. Pero mis planes eran otros. Yo lo que
quería era trabajar en Venecia, lejos del brazo
poderoso de la iglesia, ya que me andaba rascando la
espalda la intolerancia.
Mis copernicanas ideas y mi alzheimer selectivo, —ya
que solo recordaba lo que me convenía cuando me
llamaban a cuentas, recomendándome que me
retractara de mis ideas extravagantes — ya me
estaban colocando en zona de peligro. De manera que
ya había preparado un paquete para el dux. Le regalé
el mejor telescopio que había fabricado. Lo
impresioné y le aventé un discurso mareador, que
casi me deja con la lengua enyesada, ustedes dirán
si no:
Me arrodillé ante el dux y le declaré:
<<Yo Galileo Galilei, humilde siervo de Vuestra
Alteza, que procuro con toda mi alma cumplir siempre
con mi deber y encontrar alguna utilidad que
beneficie a Su Alteza…os traigo ahora este nuevo
artificio. Creo que este instrumento es digno de que
lo aceptéis y os regalo, dejando a vuestro juicio si
deben de construirse otros o no. Este es uno de los
frutos de la ciencia, ciencia que durante diecisiete
años he dirigido en Padua, esperando poder ofreceros
mayores inventos aún si Dios así lo quiere, y si vos
y Dios deseáis que pase el resto de mi vida a
vuestro servicio.>>
¿Qué tal? Antes de bajar de la azotea ya tenía una
propuesta económica de Su Alteza. Me ofreció mil
ochocientas coronas de sueldo anual —Que nadie
ganaba entonces—, el nombramiento de profesor ad vitam —Vitalicio— y una prima de cuatrocientas
coronas (La prima que me dio, no era su pariente,
sino un estímulo económico). Y lo mejor: Protección
contra el Papa. Venecia era prácticamente autónoma.
Poseía el imperio naval, con astilleros capaces de
construir con más de cinco mil obreros un barco en
una noche. Ahí me convenía estar, según consejo de
mi amigo Paolo Sarpi.
—Lo que Su Alteza disponga es lo mejor para mi,
repliqué modestamente al tiempo que me inclinaba
respetuosamente—
Me fui a un oscuro rincón y grité ¡Yes!
Nunca un regalo me regresó tanto. Si, ya se que
algunos me han criticado que jamás le quise regalar
uno de mis aparatitos a Kepler, pero en aquellos
tiempos era muy difícil enviar un paquete tan lejos,
y Fedex todavía no existía.
Mi relación con la iglesia
Realmente yo era un devoto de la iglesia y un
creyente sincero. Lo que pasaba es que no podía
soportar la orfandad neuronal de algunos “pichones”
que sintiéndose sabios, rebuznaban a la menor
provocación. Desde mis tiempos de estudiante y joven
profesor me mostré rebelde ante la disciplina que se
aplicaba en las aulas; Me resistía a usar la
obligatoria toga y hasta componía canciones
satíricas acompañado de mi laúd, muy al estilo de mi
padre.
Infinidad de ocasiones fui requerido por la rectoría
de las instituciones donde trabajé para solicitarme
que le bajara al estilo irónico y burlón de mis
comentarios en contra de las autoridades educativas.
Recuerden que las autoridades eran clérigos.
Pero debo de reconocer que hasta yo fui comedido
frente a la Santa Inquisición; Yo no le tenía miedo,
le tenía más bien, pánico. Ustedes sabrán ahora que
murieron más personas perseguidas por esta
organización que por las dos guerras mundiales
juntas. Estamos hablando de miles y miles.
Cuando me llamaron para ser enjuiciado por afirmar
en mis libros que el centro del Universo no era la
Tierra, sino el Sol, no crean ustedes que dije “E
pour si move”, y sin embargo se mueve; Lo pensé, lo
pensé. Con el cardenal Bellarmino El Inquisidor
enfrente no se podían hacer ese tipo de comentarios.
Ipso Facto hubiese sido condenado y ejecutado.
Además, el recuerdo de la figura de Giordano Bruno
me perseguía. Aunque nunca lo conocí personalmente,
si sabía de sus declaraciones y de su postura;
Alguna vez consideré pronunciarme a su favor, pero
me contuve. Supe como Giordano fue tratado cuando lo
condenaron. Él también era un ferviente creyente de
las teorías de Copérnico, pero tenía más que nada
una concepción radical y mística del Universo. Bruno
más que certeza científica tenía una percepción
espiritual que parecía que rayaba en la locura;
Pienso ahora que era una especie de esquizofrenia
mística. Tenía frases y conceptos tan
revolucionarios sobre el cosmos que aún en el futuro
sorprenderían.
Hay que entender que el Vaticano controlaba la
ciencia, las artes, la política y la música. No era
poco. Además, la iglesia estaba sumamente sensible
por la reciente reforma protestante. Cualquier cosa,
animal, hombre, mujer, concepto, suspiro, teoría,
idea, que emitiera un sonido diferente a la
tradición de la iglesia, era inmediatamente
rechazado y en su caso, perseguido y aplastado. Y
Giordano Bruno era candidato plurinominal a eso.
Lean si no:
"Dios es omnipotente y perfecto y el universo es
infinito, si Dios lo conoce todo entonces es capaz
de pensar en todo, incluido lo que yo pienso, Debido
a que Dios es perfecto y conoce todo, debe crear lo
que yo pienso. Yo puedo imaginar un infinito número
de mundos parecidos a la tierra, con un jardín del
edén en cada uno. En todos esos jardines la mitad de
los Adanes y Evas no comerán del fruto del
conocimiento y la otra mitad lo hará, de esta manera
un infinito número de mundos caerá en desgracia y
habrá un infinito número de crucifixiones. De aquí
puede haber un único Jesús que irá de mundo en mundo
o un infinito numero de Jesuses. Si hay un solo
Jesús, la visita a un número infinito de mundos
tomara una infinita cantidad de tiempo, de este modo
debe haber un infinito número de Jesuses creados por
Dios".
Es decir, si Dios era infinito, poderoso y creativo
no podía dejar de crear mundos iguales a éste. Había
millones de mundos habitados, según Bruno.
Ya comprenderán que el Cardenal Bellarmino El
Inquisidor, al terminar de leer lo anterior,
inmediatamente empezó a convulsionar y a punto de
una parálisis facial, manda encarcelar a Bruno en el
castillo de Sant Angelo en Roma, donde encadenado,
fue sometido a una amplia variedad y estilos de
tortura, prefigura de lo que sería el manual
práctico de la policía mexicana en su más
oscurantista periodo.
¿Se imaginan cómo me encontraba yo con estas
noticias?
—Galileo, me decían ¿No vas a poyar a Bruno?
Este…
Se comentaba en los pasillos y en los baños que
Sarpi, junto con Giordano Bruno y otros sabios
habían tenido reuniones secretas dónde se dedicaban
a hablar de temas prohibidos como las teorías de
Copérnico, y a criticar a la iglesia. ¡En la torre!
Y yo tan cerca de Sarpi. Qué miedo.
Cuando Bruno fue condenado, exclamó frente al
Cardenal Bellarmino: “No podría retractarme ni lo
haré. No hay nada de lo que tenga que retractarme,
ni se de qué debería hacerlo” y agregó “Es más
grande vuestro miedo a pronunciar mi sentencia que
el mío a oírla”
Una fresca mañana, un 19 de febrero de 1600, cuatro
días después de mi cumpleaños, Bruno fue sacado del
castillo para ser llevado a la prisión secular
situada a la otra orilla del Tíber. Frailes
encapuchados, pertenecientes al grupo conocido como
La Compañía de la Misericordia y de la Piedad,
llevarían a Bruno al Campo dei Fiore. Le habían
colocado un clavo en la lengua que atravesaba su
garganta para que ya no pudiese expresar sus
herejías. Durante el trayecto los encapuchados le
instaban a arrepentirse, mostrándole imágenes de la
virgen, de Cristo y del mismo Papa.
Pero Bruno parecía que no era de este mundo, sino de
uno de los que su imaginación concebía. Era
inflexible y mostraba un coraje, determinación y
valentía que sus opresores no sabían de estaba
hecho. Asumían que era el mismo poder del demonio lo
que le daba la fuerza para no vencerse.
Ocho años habían mantenido a este monje dominico en
prisión con la esperanza de que se arrepintiera. Era
la vergüenza de la orden.
Bruno creía fervientemente en la infinitud del
cosmos, y que la Tierra se movía alrededor del Sol.
Fue fiel a sus brillantes, místicas y alocadas (?)
convicciones.
Ya que la Inquisición era piadosa, el condenado
tenía que morir con la mayor misericordia posible y
sin derramamiento de sangre, por eso era que los
condenados eran consumidos en la hoguera, eso sí,
acompañado de fervientes plegarias por parte de los
encapuchados.
Piensen ustedes que no me quedaban muchos ánimos de
hacerme el héroe. Realmente la Inquisición nunca me
maltrató físicamente, gracias a que, estoy seguro,
muchos jerarcas de la iglesia me respetaban y me
admiraban. También mi influencia era muy grande. Yo
tenía amigos venecianos y toscanos muy poderosos,
entre ellos el grupo de Los Linces. Además, mi
popularidad de sabio me protegía de alguna manera.
Sin embargo, déjenme que les platique que en una
ocasión, Bellarmino me invitó a un paseíto
por las instalaciones de tortura de la Santa
Inquisición.
Como si estuviéramos en una moderna tienda
departamental, escuchando cantos gregorianos de
fondo, fuimos recorriendo uno a uno los aparatitos,
al tiempo que recibía una breve pero sustanciosa
explicación del funcionamiento de los juguetitos
preferidos del Cardenal. Con eso tuve. ¿En que
estaba yo pensando cuando dije que el Sol era el
centro del Universo y no la Tierra?
Mi familia
No me casé nunca, pero tuve tres hijos. Dos niñas y
un niño. Tenía yo muy poca tendencia al deseo de
formar un hogar tradicional. Cuando murió mi padre
tuve que tomar la figura patriarcal de la familia;
Mis hermanas menores se casaron y ¿quién cree que
debía de aportar la dote? ¡Claro que yo! Viví
siempre tensionado y prácticamente huyendo de mis
cuñados que se la pasaban en los tribunales
demandándome la exigencia del pago correspondiente.
Viví muchos años pidiendo prestado aquí y allá;
Solicité adelantos por trabajos que los ricos me
pedían y mis honorarios de clases particulares se
desaparecían en los bolsillos de mis queridos
hermanos políticos. Además, mi hermano menor era
vago, extravagante, fatuo, y por si fuera poco,
desobligado. Mi hermanito había llegado a adquirir
la asombrosa habilidad de conseguir que le prestara
dinero con el fin de iniciar un jugoso negocio, que
ahora si, lo sacaría de pobre.
Ahora entienden que cuando me llegó la edad de
merecer, estaba muy escamado en esta cuestión del
matrimonio. Por lo tanto, lo pensé mejor y me busqué
una agraciada dama, cariñosa y amable, que si bien
su reputación en la acartonada sociedad de mi tiempo
no era la mejor, me garantizaba una sana distancia y
una libertad que yo sabría corresponder.
A mis hijas, cuando crecieron, pude gracias a los
contactos que tenía con los poderosos, conseguir que
las admitieran en un convento para que tomaran los
hábitos y los votos de castidad como religiosas y
que así se comprometieran en matrimonio con el
Señor. Me quería asegurar que nadie me pidiese dote
alguna. Bastante tuve que sufrir con las dotes de
mis hermanas. Mucho se me ha criticado la relación
fría y distante con mis hijas, pero las quise a mi
modo. ¿A ver, alguno de ustedes sí sabe querer?
Pendientes en el tintero
He escuchado decir que mi nombre ya se puede
pronunciar en voz alta; Que la iglesia públicamente
me ha pedido perdón, aunque algunos no creían
necesario que el Papa de turno se expresara en ese
sentido, ya que no fui quemado en la hoguera, ni
lastimado en tortura. No sé que pensará de esto,
cuando le cuente, Giordano Bruno.
Aunque no haya yo pronunciado “Y sin embargo se
mueve”, no importa que así fuera: la voz del género
humano, al pronunciarla por mí, me vengará
eternamente de mis críticos y perseguidores.
Bien, me despido. Esta carta se ha alargado
demasiado y mi dedo ha comenzado a protestar. Quedan
en el tintero varios temas para la próxima: Mi
juicio en el tribunal de la Inquisición; Mis amigos
los Linces; Mis principales libros científicos; Mis
disertaciones teológicas sobre algunos pasajes
bíblicos; La obra de teatro donde explico la postura
tolemaica y la copernicana, y que a raíz de este
escrito el Papa Urbano VIII, es convencido por sus
asesores de qué él es el personaje de Simplicio,
el tontuelo de mi cuento. —Una maravilla que no
puedo dejar de contar. — Además, les platicaré del
poema que el Papa Urbano me escribió, Oh, my God—
Arrivederci
Galileo Galilei
Bibliografía
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Atkins, Peters,
El Dedo de Galileo, Espasa Calpe,
Madrid-España, 2003
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Cuadrado, Sara,
Galileo, Edimat Libros, Madrid-España, 1998
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Reston, James,
Galileo, El Genio y el Hombre, Ediciones
BSA, Barcelona-España, 1994
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Galileo Project
http://galileo.rice.edu/
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Viniegra, Fermín,
Una Mecánica sin talachas, Fondo de
Cultura Económica, 1986
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http://eureka.ya.com/geoquimica/inventos/galileogalilei.html
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