De carne y hueso.
EDWIN HUBBLE (1899-1953)
¡Querida, expandí el Universo!
”¿Por
qué, Dios mío me hiciste tan perfecto?
¿Por qué, Señor no me diste algún
defecto?
Yo sufro tanto por ser tan diferente,
quiero ser feo como toda la gente.”
Gordolfo Gelatino
12 de Septiembre de
2006
Existe la teoría —Trino dixit— de que la mayoría
de los virtuosos son chocantes, o al menos así los
percibimos los demás. Había una vez un chico chocante,
que se apellidaba bastante, pues aseguraban que en su
torrente sanguíneo no viajaban glóbulos rojos, sino
balines de plomo. No cae muy bien que el mismo muchacho
de los dieces sea al mismo tiempo el atleta
vigoroso campeón de natación, el mejor encestador del
equipo de baloncesto, el campeón universitario de la
carrera de los cien metros, el Tarzán salvavidas del
equipo de rescate; también nos molesta ¿o tal vez
admiramos? que esta clase de tipos ganen, como una vez
ganó el personaje de nuestro relato en una competencia
atlética en 1906, salto de garrocha, lanzamiento de
bala, de disco, de martillo, salto de altura, carrera de
obstáculos, y era, además, a decir de muchos, bastante
bien parecido. Todo eso y más en un solo empaque
llamado: Edwin Hubble.
El tipo era una especie de Errol Flynn mezclado
con Cary Grant y si alguno lo hubiese lanzado a
Hollywood, el hombre habría sobrevivido a sus anchas.
Tanto talento, dicen, lo convirtió en una gran
masa de ego humana llamada Edwin Powell Hubble. Si
hubiese sido futbolista se habría llamado Ego Sánchez,
convirtiéndose en el candidato eterno al premio de El
higadito del Año.
Graduado de la Universidad de Chicago como alumno de
física y astronomía, decide estudiar leyes; prontamente,
en una especie de intercambio de alumnos —Rhodes
Scholars— con la universidad de Oxford, Edwin viaja
a Inglaterra donde permanece tres años para adquirir
conocimientos, cultura y ese aire de mundo del que ya
nunca se desprendió. —Charm para que me
entiendan—
Edwin, este chico de Missouri, EUA, al tiempo que
empezó a hablar con ese inconfundible acento británico,
se compró una boina, un saco tweed, una pipa, un
gato al que pomposamente nombra Copérnico, y enarcando
una ceja dijo, prefigurando al no menos carismático
mexicano Gordolfo Gelatino: ¡Ahí, madre!
ANTECEDENTES
Los ascensores de la Torre Eiffel, en París, fueron
construidos por un tal William Hale; este señor tenía
además de muchísimo dinero, un hijito muy inquieto e
inteligente llamado George. Al niño le gustaban los
telescopios y su papá lo tenía al día con juguetitos con
los que ejercía esa pasión temprana por la astronomía.
Cuando crece el joven Jorgito, le nombran el primer
director del Observatorio Yerkes, en Chicago. El mecenas
de dicho observatorio había sido el magnate de los
tranvías Charles Yerkes, a quien convencieron de que
invirtiera en tal proyecto, cuando recién salido de la
cárcel, acusado de desfalco buscaba una oportunidad de
darse unos baños de pureza invirtiendo en un noble
proyecto. En Yerkes aprendió el joven Hale lo importante
que era añadirle pulgadas a los espejos de los
telescopios para alcanzar más años–luz
en el espacio. Su papá le había comprado un telescopio
de 60 pulgadas —1.50 metros— y después en
compañía de otro empresario, John Hooker, en 1918 se
construyó el telescopio Hooker, que se mantuvo como el
mayor del mundo durante treinta años.
George Ellery Hale es considerado por muchos como el
fundador de la astrofísica de observación y fue el
promotor y responsable de la construcción de cuatro
telescopios, cada uno de los cuales fue el más grande
del mundo: el de Yerkes, los dos del Monte Wilson, y el
de Monte Palomar. Vaya con el muchacho.
Bien, en 1904, Hale se traslada a California. Desde
ahí le manda llamar a Edwin Powell Hubble, de treinta
años de edad, para que se uniera al importante proyecto
del Observatorio del Monte Wilson. Para ponerle salsa a
la cosa, Hale también contrata —entre otros—
a Harlow Shapley, descollante astrónomo que
determinó la situación de nuestro Sol en la Vía Láctea—
y quién sería uno de los que más chocaría con la figura
imponente de Hubble y con el que llegó a tener una
sabrosa esgrima neuronal.
CONTEXTO DE LO QUE HUBBLE DESCUBRE
En 1929, Edwin Hubble descubrió el efecto que
lleva su nombre. Señaló la existencia de un
desplazamiento en las líneas espectrales de las
galaxias, y concluyó que se estaban separando entre sí,
con mayor velocidad cuanto más lejanas estaban de
nosotros. La mejor explicación de esto era que el
Universo entero se estaba expandiendo. En las ondas
luminosas, la expansión hace aumentar su longitud de
onda y que todos los colores se desplacen hacia el rojo.
La medida de este desplazamiento hacia el rojo permite
extraer conclusiones sobre la velocidad de expansión del
Universo. (Ganten 286)
Todo empezó con un perfecto desconocido
Un astrónomo con nombre intergaláctico
llamado Vesto Slipher, en el Observatorio Lowell de
Arizona, estaba haciendo lecturas espectrográficas de
estrellas lejanas cuando creyó descubrir que éstas
estaban alejándose de nosotros. Es decir, parecía que el
Universo no era estático. ¡En la Torre! Eso hoy hasta
nos pudiera dar risa, pero hace ochenta años, era casi
una blasfemia. Las estrellas que Slipher observaba
parecían mostrar indicios de un cambio Doppler. Sí, ese
efecto que producen los autos cuando pasan a toda
velocidad frente a nosotros y que es un zumbido yi
yiummmm prolongado. (Bryson 2004)
Pues bien, ¿qué creen? También se aplica ese
fenómeno a la luz y, en el caso de las galaxias en
retroceso, se conoce como un desplazamiento al rojo. Me
explico. La luz que se aleja de nosotros se desplaza
hacia el extremo rojo del espectro; mientras que la luz
que se aproxima cambia hacia el azul. Yo creo que de ahí
viene eso del piropo mexicano que dice a las chicas
guapas “Mi vida, usted de azul y yo azulado” —Sí, soy
cursi melcocha— Es decir, entre más cerca, más azul. Sí
me entienden ¿verdaaaaaaaad? —Sabios, absténgase.
Bien, por desgracia, Slipher no era conocido
de nadie a excepción de sus amigos cercanos y parientes
que le acompañaban de modo que la cosa no pasó a
mayores. Slipher no tenía ni idea de la Teoría de la
Relatividad y tampoco conocía a Einstein, ni Einstein
conocía a Slipher. Pero esa es oootra historia.
La gloria eres tú.
La gloria pasaría a
Edwin Powell Hubble. Empecemos por recordar que en
aquellos tiempos se creía que todo lo que se miraba en
el cielo era parte de nuestra misma Galaxia. Sí, ya se,
ahora sabemos que hay miles de millones de galaxias,
pero entonces, no. Hoy, los astrónomos creen que pudiese
haber unas 140,000 millones de galaxias, cualquiera que
sea ese, ú otro número.
En 1919, cuando Edwin, nuestro dandy personal —y
cualquier otro—se asomaba al telescopio, el número de
galaxias que se “sabía” que existían era exactamente
una: la Vía Láctea. No había más. Al menos para los
terrícolas de entonces. Se creía que todo lo demás o
bien era parte de la Vía Láctea, o bien una de las
muchas masas de gas periféricas lejanas. Hubble no tardó
en demostrar lo errónea que era esa creencia. (Bryson
2004)
Durante diez años, Edwin se dedicó a dos cuestiones
¡y vaya cuestiones! La edad y el tamaño del Universo. Se
requería conocer dos cosas: Qué tan lejos están las
galaxias y que tan de prisa corren. Pues bien,
había que tener puntos de referencia: Saber dónde está
la vecina, no tiene chiste, pero hablar de galaxias
vecinas, la cosa cambia.
El desplazamiento hacia el rojo, le daba a Edwin la
velocidad. Pero, ¿y la distancia a la que estaban
inicialmente?
Miss Henrietta Leavitt
¡Ajá! Edwin, además de brillante, ¡tenía
suerte! Una mujer talentosísima —misóginos,
pueden convulsionar— llamada Henrietta Leavitt
había encontrado lo que sería el punto de referencia
para resolver el enigma de la distancia relativa de las
estrellas; Henrietta las llamó “candelas tipo”. Resulta
que Henrietta había cambiado los sartenes de la cocina
por las placas fotográficas del Observatorio de Harvard
en Cambridge. —A las mujeres que trabajaban ahí
se les llamaba calculadoras—
Henrrieta invertía cientos de horas revisando miles
de placas fotográficas tomadas con el telescopio
refractor de 60 centímetros de la estación de Harvard en
Arequipa, Perú. Una de sus tareas era identificar
estrellas variables.
Ese trabajo era lo más cercano que las mujeres se
podían aproximar a la astronomía; estaban desplazadas
hacia el rojo en el universo machista de la astronomía;
en este sistema injusto para el género, —como una
extraña paradoja— el trabajo rutinario de revisar miles
de tomas fotográficas del cosmos fue apreciada por las
mejores inteligencias femeninas. Donde la sensibilidad
masculina no alcanzó, la femenina logró captar y
apreciar la delicada estructura del cosmos, ámbito
negado muchas veces a sus colegas masculinos.
Un latido cardíaco estelar
Henrietta se dio cuenta que había unas estrellas
allá por la constelación de Cepheus — de ahí que
se llamen estrellas ceféidas, pues— que
latían a un ritmo regular; aunque las ceféidas son
raras, hay una muy conocida que es la estrella polar.
Miss Leavitt detectó un total de 25 ceféidas. (Asimov
46)
A Henrrieta se le había asignado un pedazo de cielo,
allá donde están las Nubes de Magallanes: estas Nubes
son dos grandes manchas filamentosas de una luz de
brillo suave que parecen tramos separados de la Vía
Láctea. Henrrieta se da cuenta que cuanto más brillante
es la ceféida, tanto más largo es su ciclo de variación.
La función período–luminosidad
que descubrió esta mujer se convirtió en la piedra
angular de la medición de distancias de la Vía Láctea. (Ferris
138)
Ahora se sabe que las ceféidas son estrellas
viejas que se han convertido en gigantes rojas y si
queremos ser sencillitos diríamos que queman el
combustible que les queda de una manera que produce una
iluminación y un apagado muy rítmicos y fiables. El
mérito de Henrrieta fue darse cuenta de que, comparando
las magnitudes relativas de ceféidas en distintos puntos
del cielo, se podía determinar dónde estaban unas
respecto de otras. (Bryson 137)
Harlow Shapley y su mapa estelar galáctico
Saphley había descubierto que los cúmulos globulares
están distribuidos a través de una extensión esférica de
espacio, y que el centro de esta esfera no está, para
nada, cerca de nuestro Sol, sino más allá de las
estrellas de Sagitario. En un osado mega salto
intuitivo, Shapley conjetura que el centro de los
cúmulos globulares es también el centro de la Galaxia.
—como más tarde se comprobó— El mismo
Shapley lo expresa así: “Los cúmulos globulares son una
especie de armazón, un vago esqueleto de la Vía
Láctea.” (Ferris 137)
En lo que Shapley se equivocó fue en los cálculos de
las distancias. Él y otros habían estimado antes de esto
la dimensión de nuestra Galaxia entre quince y veinte
mil años luz. Ahora, disponiendo de su trabajo con las
variables ceféidas, Shapley la estimó en trescientos mil
años luz (Se pasaron). Shapley y otros subestimaban lo
que podían oscurecer las nubes y polvo interestelar a
las estrellas distantes. Shapley había hecho un mapa
estelar de la Vía Láctea y pareciera que se había
enamorado de él. Empezó a concebir a nuestra Galaxia
como “un todo” como si fuera prácticamente el Universo
entero y que lo que “sobraba” eran nebulosas espirales
subordinadas o sus satélites.
Un astrónomo no estaba de acuerdo con Shapley:
Hebert Curtis. Se dieron un encontronazo y determinaron
que el veredicto tendría que venir del cielo mismo.
Curtis decía que las nebulosas espirales eran galaxias.
Aquí se aparece nuestro personaje. ¡Querida, expandí
al espacio!
Si había algo que le fascinaba a Hubble, era
enfurecer a Shapley, cosa que lograba con suma facilidad.
Hubble, un hombre con alta estima de sí mismo, hacía
parecer que todo lo que se proponía, se viera fácil.
Había comenzado su trabajo determinando las distancias
de algunos fragmentos de estrellas —nebulosas—. Como
quien se enfrenta a una competencia, Edwin sacó decenas
de fotografías de M33 y de su vecina M31, la espiral de
Andrómeda, y con el tesón y carácter de alguien que sabe
lo que quiere, halló en ellas lo que más tarde llamó
“densos enjambres de imágenes que en ningún aspecto
difieren de las estrellas ordinarias”. En las placas de
Hubble aparecieron pequeños puntos luminosos que
parecían estrellas. Que lo fueran, eso ya era
otra cosa, opinaban los demás. Pero Hubble conocía la
técnica de Henrrieta y sus ceféidas. Este hombre
elegante, imperioso y decidido usa el nuevo telescopio
de 2.5 metros del Monte Wilson y como sólo un obsesivo
compulsivo y atleta de la determinación podría hacerlo,
comenzó a fotografiar una y otra vez comparando las
placas para ver si encontraba estrellas cuyo brillo
hubiese variado (Ferris 138). Pues sí, Hubble encuentra
lo que buscaba, el 19 de febrero de 1924.
Inmediatamente, le escribe una nota a Shapley, que ya se
había ido de director del observatorio de la Universidad
de Harvard.
— ¿Qué cree?, le
dice: “encontré una variable cefeida en la nebulosa de
Andrómeda”.
Lo que sigue no lo
dijo, pero yo soy un exégeta silvestre:
— Lero lero,
estas estrellas están más allá de lo que plantea su mapa
estelar de la Vía Láctea que sólo contempla
trescientos mil años luz—;
Hubble estimó 1
millón de años luz de distancia a estas estrellas.
Aunque su estimación se quedó a la mitad, fue un paso
que cambió la percepción del cosmos, de una vez y por lo
menos hasta este siempre que conocemos.
Shapley, enfurecido, le espetó algo así como: “¡Já!
es lo más divertido que he leído en mucho tiempo” “y más
le vale reconocer que yo llevo mano en el uso de
las variables ceféidas”.
En 1925, en la una reunión de la Sociedad Astronómica
Americana y la Asociación Americana para el Avance de la
Ciencia, en Washington, se presentó al artículo de
Hubble anunciado que había encontrado ceféidas en las
nebulosas espirales y ahí se inició la compresión de la
humanidad de que vivimos en una de muchas galaxias. Más
adelante, Hubble continuó buscando ceféidas y
encontrándolas, y no solo ceféidas, sino también novas y
estrellas gigantes, dando validez a las mediciones de
las distancias.
La búsqueda de Hubble, su
exploración del Universo, penetró profundamente en el
reino de las nebulosas y desplazó gradualmente los
límites del espacio conocido.
Ver
http://www.astrocosmo.cl/biografi/b-e_hubble.htm
Hubble enuncia la ley que lleva su nombre
Hubble descubrió que cuanto más lejos estaba la
galaxia, más alta era su velocidad de recesión. A esta
relación se la conoce como la ley de los desplazamientos
hacia el rojo o ley de Hubble. Determina que la
velocidad de una galaxia es proporcional a su distancia.
La relación entre la velocidad de recesión de una
galaxia y su distancia es la constante de Hubble. El
valor de esta constante se calcula que está entre los 50
y los 100 Km./s por mega pársec (1 mega pársec equivale
a 1 millón de pársec), aunque los datos más recientes
apuntan a un valor comprendido entre los 60 y 70 Km./s
por mega pársec.
Como parece que las galaxias retroceden en todas
direcciones desde la Vía Láctea, se podría pensar que
nuestra Galaxia es el centro del Universo. Sin embargo,
esto no es así. Imaginemos un globo con puntos
uniformemente separados. Al inflar el globo, un
observador en un punto de su superficie vería cómo todos
los demás puntos se alejan de él, igual que los
observadores ven a todas las galaxias retroceder desde
la Vía Láctea. La analogía también nos proporciona una
explicación sencilla de la ley de Hubble: el Universo se
expande como un globo.
Ver
http://www.astromia.com/biografias/hubble.htm
LA ANÉCDOTA
Cuando Einstein aplicó su teoría a todo el
Universo, encontró que hacía una extraña predicción:
todo el espacio debía ser dinámico, y ya sea para
contraerse o expandirse. A
Hubble, —de quien se burlaban algunos diciendo
que no le entendía a la Teoría de la Relatividad—,
le interesaba que Einstein conociera su descubrimiento,
por lo que envió a un ayudante a la casa del genio de la
relatividad para invitarlo a visitar las instalaciones
del observatorio del Monte Wilson. La esposa de Einstein
abrió la puerta y se encuentró al joven ayudante de
Edwin. —Señora, vengo de parte de Mr. Hubble a
invitar a Mr. Einstein a conocer el más grande
descubrimiento en el mundo de la astronomía. La esposa
pone cara de interrogación e inquiere: — ¿Y cuál es ese
gran descubrimiento?— Pues que astronómicamente ha
quedado demostrado cómo se hizo el Universo—
—Mire, dice la flemática mujer de Einstein:
Alberto no está, anda en su caminata habitual. Le daré
su recado, pero le adelanto que eso que usted dice,
Alberto lo hace todos los días en las servilletas de la
cocina.
SU MUERTE
Cuando Hubble murió de un ataque al corazón, por razones
desconocidas y si se quiere, hasta misteriosas, la
esposa del virtuoso no quiso celebrar ningún funeral ni
tampoco decir, ni explicar donde descansaban los restos
mortales del astrónomo. Es decir, medio siglo después no
se conoce lugar, cementerio, cripta o patio trasero que
contenga los restos de esta especie de Apolo terrenal.
No importa. Cual Narciso posmoderno, puedes mirar al
cielo y ver, allí, inmortalizado en el espejo galáctico,
renacer en ese monumento ó mausoleo funerario sideral,
llamado, en su nombre, Telescopio Espacial Hubble.
Desde esta micro parcela de Universo que se
expande de manera poco virtuosa, pero chocante, os
saluda
elperplejo@astronomos.org
Sociedad Astronómica del Planetario Alfa
Revista Polaris de la SAPA
www.astronomos.org
15 de febrero de 2005
NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
* Ganten, Detlev, Vida, Naturaleza y Ciencia ,
Santillana, 2004
* Ferris, Timothy, La
Aventura del Universo,
Grijalbo, 1990
* Atkins, Peters, Las Diez Grandes Ideas de
la Ciencia,
Espasa, 2003
* Bryson, Bill, Una Breve Historia de Casi Todo,
Océano, 2003
* Asimov, Isaac, Introducción a
la Ciencia,