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Descubren enorme cráter de
meteorito en la Antártida que sería el causante de la
extinción de la vida en la tierra.
Científicos
estadounidenses han descubierto en la Antártida las
huellas del impacto de un meteorito mucho más grande
y anterior al que supuestamente causó la
desaparición de los dinosaurios en la Tierra.
Fuente EFE 09-jun-2006
UN POCO DE
HISTORIA
La historia
de cualquier parte de la Tierra, como la vida de un
soldado, consiste en largos periodos de aburrimiento y
breves periodos de terror.
Derek V. Ager,
geólogo británico
El Cráter de
impacto en Manson Iowa.
Hablando de cráteres
famosos, está el de Manson Iowa, USA. El Cráter Manson
se formó por la colisión de un meteorito hace 74
millones de años. Hace algunos pocos menos años, el
cráter Manson era considerado el hoyo más grande
jamás formado por material de origen extra-terrestre que
hubiese aterrizado en Norteamérica y, del que, también
se creía, había sido el causante de haber conducido a la
extinción de los dinosaurios, hasta que las pruebas
evidenciaron que éste no era el caso. —Por cierto que
este cráter fue candidato a ser parte del meteorito que
cayó en Chixchulub, México hace 65 millones de años,
cosa que también, con subsecuentes investigaciones fue
descartado.—
¡Los dinosaurios ya
exigen que se pongan de acuerdo en las fechas y en el
mentado impacto! ¡Las elecciones a la presidencia de la
república son el dos de julio y el sistema amenaza con
caerse!
Como sea, el tremendo
impacto causó un tremendo cráter en la tremenda parte
continental de los EUA. Solo en un día claro, podrías
ver el borde opuesto; Hace ver como caricatura del
Correcaminos los paisajes del Cañón del Colorado.
Por desgracia, 2.5
millones de años de placas de hielo pasajeras llenaron
el cráter de Manson hasta los bordes de arcilla
glaciárica, dejándola lisita, de manera que
el paisaje en Manson y en muchos kilómetros a la
redonda, es tan plano como mi prima Claudia.
“Muy de vez en cuando
viene gente y pregunta dónde puede ver el cráter y
tenemos que decirles que no hay nada que ver —dice Anna
Schlapkohl, la amable bibliotecaria del pueblo— y
entonces se van un poco desilusionados. (Bryson 2003)
Cosa tan curiosa, en la
actualidad, la mayoría de la gente, incluida la propia
del estado de Iowa, no ha oído jamás acerca del mentado
Cráter. Pero, no siempre fue así. Por un rato pero muy
intenso, allá por los 80´s, la zona fue el lugar más
fascinante de la Tierra.
Dejen les cuento.
Había una vez un joven y
brillante geólogo llamado Eugenio Zapatero, ó Eugene
Shoemaker para los solemnes, que le dio por estudiar los
cráteres originados por colisiones de material sideral.
—Zonas de impacto—. Un día, a principios de los años
cincuenta, se fue a visitar el Cráter del Meteorito en
Arizona, que es algo así como el “padre de todos los
cráteres”. En esa época la cosa no estaba muy avanzada y
se creía que el cráter se había formado por una
explosión subterránea de vapor. No había modo alguno
que Shoemaker confirmara esto. Tales explosiones no
existían. Al cráter se le conocía también por el
nombre de Cráter de Barringer, en honor de un
entusiasta y acaudalado hombre llamado Daniel Barringer
que tuvo la fabulosa idea de que el mentado mega agujero
lo debía de haber hecho un aerolito del tamaño del miedo
cargado de exóticos, raros y carísimos materiales
cósmicos, los cuales él iba a encontrar si se dedicaba
con denuedo a buscar la piedrota que, según él, estaba
enterrada en el fondo del hoyo. Se gastó
veintiséis años y casi toda su fortuna en dejar al
cráter en calidad de queso gruyere. No encontró nada de
lo que buscaba; Al pobre no hubo —no había— quién le
dijera que el meteorito, junto con lo que trajera, se
habría evaporado como consecuencia del encontronazo. ¡Kaput!
Perdón, regreso a
Shoemaker.
Inspirado por la teoría
de G.K. Gilbert, —investigador de la Universidad de
Columbia— que una vez que había estado encerrado en un
cuarto de hotel, empezó a jugar con un recipiente lleno
de harina de avena, y provisto de su colección de
canicas que aventaba al recipiente, se le ocurrió
imaginarse que le estaba pegando a la superficie de la
Luna; De ese experimento, Gilbert sacó —no se
sabe como, ni en que condiciones ni en que nivel
sicodélico se encontraba— la conclusión de que los
cráteres de la Luna se debían en realidad a colisiones.
—No se rían, para la época era un idea revolucionaria—
Bueno, el propuso eso para la Luna, pero no extendió su
comentario para los cráteres de la Tierra. Seguía
creyendo lo de las explosiones subterráneas de
vapor. Pero Shoemaker, ya no tanto. A Eugene le
encantaba el tema de las explosiones y sus
consecuencias. Cuando se graduó, se había ido a Nevada a
estudiar los anillos de explosión de las pruebas
nucleares en Yucca Flats. El había llegado a la misma
conclusión que Barringer: El Cráter del Meteorito no era
de origen volcánico.
Descubrieron que ahí,
afuera, estaba más peligroso de lo que imaginaban.
De ahí para adelante, ya
es otra historia. Shoemaker y su compadre David Levy se
dedicaron a estudiar al Sistema Solar. En ese tiempo,
los astrónomos andaban hechos locos con la astrofísica,
el cielo profundo, las galaxias y otras peregrinas y
deliciosas formas de materia cósmica, de manera que el
campo de estudio se presentaba despejado y prometedor.
Una semana al mes se iban de cacería al Observatorio del
Monte Palomar, buscando objetos, principalmente
asteroides, cuyas trayectorias les hiciesen atravesar la
órbita de la Tierra. Descubrieron que ahí, afuera,
estaba más peligroso de lo que imaginaban.
Objetos rocosos, llamados
asteroides, orbitan en una formación un tanto imprecisa
en un cinturón situado entre Marte y Júpiter. No se sabe
con exactitud cuantos son, pero su número se estima en
mil millones, como mínimo.
Encontrar asteroides era
una actividad popular allá por los 1800, pero no había
quien los registrara sistemáticamente. No se sabía a
ciencia cierta si lo que se veía en un determinado
momento era un objeto nuevo, o algún otro que regresaba.
Como les decía, la astrofísica había progresado tanto
que dedicarse a buscar objetos rocosos en nuestro
vecindario era algo así como una actividad de nacos, ¿ves?
Se destacó por supuesto
el holandés Gerard Kuiper, al mismo que se le honró
bautizando con su nombre el cinturón de cometas.
Hasta unos pocos años,
los asteroides se empezaron a contabilizar y a vigilar,
tarea que se antoja descomunal.
Imagínate la autopista a
McAllen y que somos el único vehículo que transita, pero
que está llena de peatones que no miran los
señalamientos, ignorantes, sin educación, que no voltean
a ver si se aproxima el peligro. De la mayoría no
sabemos como se llaman, donde viven, que hacen, con que
frecuencia se cruzan en nuestro camino. Solo de repente,
aparecen a más de 100 000 kilómetros por hora. Vamos de
noche. Enciendes una poderosísima linterna capaz de
iluminar a todos los asteroides mayores de diez metros
que cruzan la Tierra: Veríamos más de 100 millones de
esos objetos en el cielo. Todos los cuales podrían
colisionar con la Tierra. Sería profundamente
inquietante —Steven Ostro, Jet Propulsión Laboratory
—dixit—
Se dice que un objeto de
cien metros, no podría detectarse con ningún telescopio
con base en la Tierra hasta que estuviese a solo unos
días de nosotros. Hay una fascinante analogía que dice
que el número de personas buscando asteroides no pasa de
lo que sería el número de empleados de un restaurante de
McDonald.
El catastrofismo
vuelve a aparecer. (Debo ir aquí)
El catastrofismo estaba
ya muy pasado de moda. —Más de un siglo— Se creía que la
desaparición de los dinosaurios se debía al gradual paso
del tiempo.
Mientras Shoemaker y su
amigo David Levy se encontraban muy entretenidos
buscando piedritas cósmicas, un amante de las piedras,
pero terrestres e hijo de un premio Nobel, le da por
estudiar a principios de los años setenta, el extraño
caso de una delgada banda de arcilla rojiza, situada en
un montaña de Italia, en un desfiladero conocido como
Garganta Botaccione, en un pequeño pueblo de Umbría. La
banda de arcilla dividía al periodo terciario del
cretácico. El geólogo se llamaba Walter Álvarez y estaba
estudiando lo que en geología se conoce como la frontera
KT —No confundir con la también rojiza TKT— y señala el
periodo en que se cree que hace 65 millones de años
desaparecieron los dinosaurios —cosa que yo en lo
particular no creo, ya que todavía veo muchos en el PRI.—
y otra extensa variedad de vida del planeta se esfumaron
de repente.
La cosa no habría pasado
de ahí, sino hubiera sido que el papá de Walter, —premio
Nobel en física 1968—, era un eminente físico nuclear.
A don Luís le parecía
chistoso el apego de su hijo para con las piedras.
Cuando este le contó el curioso caso de la banda rojiza
de arcilla, a don Luís le intrigó. Su especialidad era
el tema de la radiación. Por muchos años se concentró en
la física nuclear, y obtuvo logros notables en este
campo, como la primera demostración experimental de la
existencia del fenómeno de captura de un electrón por el
núcleo del átomo, y un método para producir un rayo con
neutrones de lenta movilidad. —¡Don Luís era de raíces
mexicanas, yupi! —
Al viejo se le ocurrió
que la respuesta podría venir del polvo espacial. La
Tierra acumula todos los años 30 000 toneladas de
“esférulas cósmicas” —polvo estelar, puesn— Ese
fino polvo está salpicado de elementos exóticos que
normalmente no se encuentran en abundancia en la Tierra.
Uno de esos elementos se llama Iridio.
Don Luís tenía un
compadre que sabía bombardear electrones en un pequeño,
pero funcional reactor nuclear. —Digo, quién no tiene un
compadre que sabe de todo; Yo tengo uno que hasta
instalar un boiler sabe— Se trataba de contar los
rayos gamma. Lo hicieron. —Tener o ser un papá así no
tiene precio, ¿verdad?—
El compadre se llamaba
Frank Asaro y de entrada no le agradó la idea; Era
muchísimo trabajo. Ocho meses se tardaría en ejecutarla.
Pero que queréis, no se le puede negar mucho a un
encantador premio Nobel.
Los primeros resultados
impactaron a Asaro y a su equipo. El nivel de iridio era
increíblemente alto. Eso debía ser de origen cósmico. No
había duda: Ese nivel tan alto tuvo que haber sido algo
grande, brusco, y probablemente catastrófico.
Los Álvarez
llegaron a la conclusión de que algo había caído
a la Tierra. Pedro Picapiedra y su perro Dino
habían desaparecido de tremendo mandarriazo
procedente del espacio exterior. Así lo comunicaron en
1980, en la asamblea de la
Asociación Americana para el Progreso de la Ciencia.
¡Bólas don Cuco!
A la comunidad científica no le gustó. Alguien había
estado ejerciendo geología sin licencia. Dicen que no
hay peor dogmático que un dogmático científico . También
aseguran las malas lenguas que don Luís escribió un
artículo en el New York Times diciendo que “Los
paleontólogos no son muy buenos científicos, más bien
parecen coleccionistas de estampitas” —Huy, eso
si duele—
Muchos se les fueron a
los Álvarez a la yugular. Lo único que podía apoyar la
teoría de los Álvarez era algo que no tenían: Una Zona
de Impacto.
Aquí regresa Eugene
Shoemaker y el Cráter de Manson
¡La nuera de Shoemaker
daba clases en la Universidad de Iowa! Todos voltearon a
ver a Shoemaker. Nadie sabía más que él sobre esa Zona
de Impacto.
Fíjense que Iowa no es
atractivo para los geólogos. No hay petróleo, o cuando
menos no grandes yacimientos; Ni picos alpinos ni
glaciares; Ni grandes yacimientos de metales preciosos.
Pero eso no importaba: el Cráter de Manson estaba a
punto de convertirse en un fascinante objeto de los
deseos de muchos especialistas del planeta. Creían tener
el cráter del impacto que había desaparecido a los
dinosaurios de la faz de la tierra.
No haré el relato más
largo —No se si pueda cumplir— Los estudios llevaron a
otra cosa. El Cráter era nueve millones de años más
antiguo y más pequeño de lo que los primeros cálculos
mostraban.
Aparece en el mapa
geológico Chixchulub
Ni modo. Los geólogos de
la Universidad de Iowa quedaron tristes y frustrados. En
el horizonte se perfilaba otro candidato a ser el
causante de la desaparición de los animalotes
prehistóricos: Chixchulub, en la península de Yucatán,
México. Investigadores de la empresa petrolera mexicana,
PEMEX, lo habían descubierto en 1952, pero sin mucho
anuncio. Era una formación anular de 193 kilómetros de
anchura y cuarenta y ocho de profundidad. Lo que pasó
entonces es que los geólogos de la empresa lo
consideraron entonces como una formación volcánica,
criterio muy de la época. A principios de 1990, Alan
Hildebrand, geólogo de la Universidad de Arizona fue
hasta ahí. Se iniciaron los estudios y a principios de
1991 ya se tenía la conclusión de que ese si, ahora si,
era el tan deseado cráter. Chixchulub era el lugar del
impacto.
¿Que tan peligroso es
realmente una impacto?
Pero, ¿que tanto podía
hacer realmente un impacto? Muchos se preguntaban “¿Cómo
puede un objeto de unos pocos de kilómetros de diámetro
hacer un desastre descomunal?” Afortunadamente ahí
estaban Shoemaker y Levy. La afición a la cacería de
rocas espaciales, les rendía fruto. Descubren un cometa,
al que se le bautiza como el cometa “Shoemaker-Levi 9”.
Los cazadores se dan
cuenta que el cometa se dirige contra el gigante del
Sistema Solar, Júpiter. ¡San Bombazo! Se presentaba una
oportunidad única de probar las teorías respecto a los
efectos de los impactos. Los terrícolas tendrían la
oportunidad de presenciar una verdadera colisión
cósmica, gracias a las virtudes del telescopio espacial
Hubble. Realmente nadie se hacia ilusiones. El mentado
cometa estaba fragmentado en 21 partes. Una frase se
hizo famosa: “Tengo la impresión de que Júpiter se
tragará esos cometas, sin soltar un eructo” —Pebbles,
Asteroids: A History, 197— Todos estaban escépticos,
excepto, ¿quién creen? ¡Sí, Shoemaker!
Los impactos iniciaron el
16 de junio de 1994, duraron una semana e impresionó a
todos. Uno de los fragmentos llamado Núcleo G impactó
con la fuerza de una bomba de seis millones de
megatones, 75 veces el arsenal que se supone existe
actualmente disponible en nuestro planeta. Núcleo G era
relativamente pequeña, parecido a una montaña modesta,
pero le hizo una herida en la superficie al Goliat del
Sistema Solar como del tamaño de la Tierra. Los Álvarez
habían ganado. Don Luis ya no llegó a enterarse, había
muerto en 1988; Eugene Shoemaker, cumpliéndose tres años
del impacto en Júpiter, andaba en Australia buscando
Zonas de Impacto.
El lugar donde se
encontraba Shoemaker es uno de los más inhóspitos,
lejanos e inhabitables del planeta: El desierto de
Tanami, al norte de Australia. Iba con su esposa Carolyn,
astrónoma planetaria, conduciendo su Land Rover y
ascendiendo por una colina. En sentido contrario y
también ascendiendo la misma colina, venía otro
vehículo. El impacto fue fatal. Carolyn sobrevivió,
aunque con lesiones graves.
Las cenizas de “Super
Gene”, como le decían sus colegas y alumnos, se
dividieron. Una parte se fue a la Luna a bordo de la
nave espacial Lunar Prospector y el resto se
esparció en el Cráter del Meteorito.
Quedan cosas por
contarles, pero ya me parece una muy larga narración.
Luego no van a querer leer. —Me falta platicar como
sería la llegada de un meteorito—
Desde este parcela que ya
no se si es penta dimensional o no, os saluda y os dejo
con la noticia.
El Perplejo Sideral.
Bibliografía:
Bryson Bill, A Short
History of Nearly Everything, 2003
http://www.googleearthhacks.com/dlfile18372/Wilkes-Land-crater.htm
http://www.spaceref.com/news/viewpr.html?pid=19996
Nota:
Como soy perplejo, y los números me brincan, es muy
probable que quieras participar mejorando algunos datos,
¡Bienvenido!
LA NOTICIA
http://www.caracol.com.co/noticias/296325.asp
En un artículo
publicado en la revista "Research", los científicos de
la Universidad Estatal de Ohio señalan que el cráter
tiene unos 480 kilómetros de diámetro y está sepultado a
una profundidad de casi dos kilómetros bajo el hielo de
la plataforma oriental del continente helado.
De acuerdo con
las mediciones, el impacto del meteorito causó el cráter
hace unos 250 millones de años, momento en que se
registró la extinción del período Permio-Triásico,
cuando desapareció virtualmente toda vida animal en el
planeta.
Los científicos
sugieren que el impacto en la región de Wilkes Land, en
el este de la Antártida y al sur de Australia, pudo
haber iniciado la ruptura del supercontinente de
Gondwana al iniciar la ruptura tectónica que alejó a
Australia hacia el norte hace 100 millones de años.
El cráter
antártico es dos veces mayor que el de Chicxulub que
marca en la península mexicana de Yucatán el impacto de
un meteorito que, según se cree, mató a los dinosaurios
hace 65 millones de años.
"El impacto de
Wilkes Land es mucho mayor que el que acabó con los
dinosaurios y probablemente causó un daño catastrófico
en su momento", señaló Ralph von Frese, profesor de
ciencias geológicas de la Universidad Estatal de Ohio.
El
descubrimiento del cráter en las profundidades
antárticas se produjo tras el análisis realizado por Von
Frese y el geólogo Laramie Potts, junto con científicos
de la NASA, Rusia y Corea del Sur de medidas tomadas por
los satélites GRACE de la agencia espacial.
Esas mediciones
se concentraron en los "mascones", que son elevaciones
de la capa geológica que en el caso del cráter antártico
eran perfectamente circulares.
"Hay al menos
20 cráteres de impacto de este tamaño o mayores en la
Luna. No es una sorpresa encontrar uno aquí. Es probable
que la activa geología de la Tierra haya borrado muchos
más", señaló von Frese.
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