Me dedicaré a explotar al máximo mi genio. Realizaré prodigios en la ciencia y entonces Florencia me extrañará y dirá: “¿Qué hace allá en Venecia, Galileo? traigan inmediatamente acá a esa gloria de Toscana, si señor”

En que lío me metí. Eso de andar prometiendo segundas cartas fue demasiado para un dedo, aunque sea el de Galileo. Qué bárbaros. Nunca los creí con semejante proclividad a la necrofilia digital.

MIS OBSERVACIONES ASTRONÓMICAS.

Venecia: sólo faltó que me dieran las llaves de la ciudad

Ah, ya estoy en Venecia, pero te extraño Florencia. Que vida la mía, me he convertido en un verdadero gourmet y tengo, la verdad, complejo de sibarita.. Pero no soy feliz. Soy florentino de corazón y extraño vivir allá.. ¿Ya se fijaron? Los florentinos somos una constelación en el firmamento intelectual: Donatello, Miguel Ángel, Rafael, Leonardo, Maquiavelo, Dante Alighieri, Giordano Bruno, Lorenzo de Médicis, Papini y todos aquellos que ustedes recuerden.

¿Verdad que somos infames? Hemos dejado poca reserva neuronal al mundo, —Ahora que parece tan necesaria— pero qué le vamos a hacer, aquí nos tocó vivir como diría una mexicana que fruta vendía, llamada Cristina Pacheco.

Pues bien, mientras el duque de Toscana no comprenda que un genio de mi tamaño no puede, ni debe ser material de exportación, aquí estaré esperando con ansia sin igual regresar a mi terruño.

Mientras esto escribía, me avisan que Ferdinando I acaba de morir y, ¿quién cree que será el nuevo dux? Pues su hijo, ¡Cosmo de Medici, mi antiguo alumno de matemáticas!

¿Qué haré, qué haré? Me llegan vientos maquiavélicos que traen el espíritu de Sarpi, y si aprendí bien sus lecciones, ya lo sé: Me dedicaré a explotar al máximo mi genio. Realizaré prodigios en la ciencia y entonces Florencia me extrañará y dirá: “¿Qué hace allá en Venecia, Galileo? traigan inmediatamente acá a esa gloria de Toscana, si señor”

Lo mejor era ponerme a trabajar. Dejé de apuntar mi telescopio a los barcos, a las torres de las iglesias y sobre todo a las ventanas de mis vecinas, y me fui a mi taller a enfrascarme en una actividad frenética, digna de mi personalidad de obsesivo compulsivo.

Soplé y soplé vidrio hasta que conseguí unas mejores lentes para mi nuevo telescopio. ¡Llegué a noventa aumentos! Pero no quedé conforme. Hice un pedido a Murano, en Florencia, de unos nuevos lentes que yo mismo pulí cuando llegaron. Fue realmente impresionante el resultado. Mejoré cuatrocientos por ciento desde aquel original. —No cuatrocientas veces, ¿he?— Una verdadera proeza de la tecnología del siglo XVI, que además, le adapté un pedestal móvil, para que el nene trabajara más a gusto con su nuevo artilugio. ¿Qué tal? De todas maneras, ahora sé que mi telescopio sufría de “aberración cromática” ¿Y qué? No me estorbó para mis logros, antes al contrario, los agigantan. Sobre todo ahora que me entero que se gastaron mil cuatrocientos millones de dólares en un telescopio espacial llamado Hubble, que ¡tenía la misma enfermedad que mi modesto telescopio! Bueno, no la misma, pera para el caso, lo mismo: No se veía bien.

La Luna y yo

Bien, ya me estoy saliendo del tema. Teniendo ya mi nuevo telescopio listo, me llegó la tarde. Estaba yo impaciente por estrenarlo, pero la luz del día ya estaba desapareciendo. Desesperado, deseando saber si podría alcanzar con la mínima luz que quedaba, las cúpulas de la basílica de San Antonio, subí a la azotea de mi casa, pero ya no tuve suerte. La noche había llegado. Mi criado me subió una silla, una mesita con queso y una copa de vino.

Volteé al cielo. Vi a lo lejos a la Luna, hermosa como siempre. Radiante y perfecta con su cutis completamente liso y aterciopelado, reflejando los rayos del Sol, mostrando su blancura y su bruñida superficie, asemejándose a un gigante espejo, para provecho, deleite e inspiración del hombre —sobre todo de los hombres enamorados—.

Ensimismado y pleno de cursilería, tomé un pedazo de queso y un sorbo de vino. De repente, me vino la idea de apuntar mi telescopio a la Luna. ¿Cómo sería verla de cerca? Apunté el telescopio a la Luna y puse mi ojo derecho en el ocular. ¡La Madonna!

Yo había aprendido desde siempre, y era milenaria la creencia, de que la Luna era completamente lisa, pero lo que vi me impresionó. Pensé por un momento que los lentes estaban sucios, dañados, quebrados o llenos de lasagna del mediodía, pero no. ¡La Luna no era como yo creía! ¡Es más, la Luna no era como todo el mundo creía! No era lisa, no era totalmente esférica, no era uniforme. Vamos, la Luna ¡no era perfecta!

La Luna “era irregular, rugosa, llena de oquedades y protuberancias”. Después de aquella noche, las noches futuras no serían iguales para mí, ni para nadie más. Pasé mucho tiempo en la azotea de mi casa. Pensé en vivir allá arriba. Subí una mesa para dibujar, papel y lápices.

Comencé a dibujar lo que veía. Llamé mares a las grandes superficies —Ahora me entero que en el Mar de las Tormentas aterrizaron los astronautas—, calculé con mi genio matemático la altura de las montañas, describí los cráteres y llegué a la conclusión de que el suelo lunar era una réplica del suelo terrestre, pero más árido y desértico. Hice algunos apuntes, como este:

<<Las prominencias lunares son muy parecidas a nuestras montañas más altas y escabrosas… He podido descubrir llanuras de centenares de millas de extensión…. Se contemplan infinidad de picos aislados y solitarios, con grandes pendientes y cubiertos de roca…Varias de esas alturas llegan a medir hasta seis mil metros, es decir, tres mil menos que el Everest…>>

Llamó mi atención un golfo oscuro <<Cuando lo hube observado largo rato y tras verlo completamente oscuro, —al cabo de dos horas— empezó a emerger una cima brillante, un poco más abajo del centro. Esta fue creciendo poco a poco y presentándose de manera triangular, completamente diferenciada y separada de la superficie iluminada e irrumpió súbitamente en el golfo de la sombra como un gran promontorio de luz rodeado aun por las tres cimas brillantes>>. De perplejo, pasé a pasmado.

Al releer mis apuntes comencé a inquietarme. A la iglesia no le iba a gustar lo que yo estaba escribiendo. Si yo decía que la Luna se parecía a la Tierra, entonces yo estaría diciendo que Dios también “había preparado a la Luna para que allí habitaran seres humanos” Y eso no podía ser cierto, porque Dios “solo había preparado a la Tierra para ese fin” Es decir, “¿Cuántos Adanes y cuántas Evas habrían sido?” “La humanidad sólo podía descender de un Adán y si hubiera seres humanos en la Luna, ¿cómo hubieran podido salvarse del diluvio?”.

Ya había yo demostrado que era el mejor inventor del mundo, pero quería pasar a la historia también como un gran filosofo, como un pleno científico. Si Kepler era el campeón de la abstracción y las matemáticas inductivas, yo quería ser el campeón del razonamiento deductivo. —¿Ya están sospechando el porqué no le regalé nunca uno de mis telescopios?—

Yo necesitaba estímulos —pero sobre todo dinero— para poder vivir tranquilamente sin preocuparme de nada que no fueran mis proyectos de investigación. Vamos, para que me entiendan: Yo necesitaba de un mecenas que financiara mis proyectos, que me pusiera un taller digno de mi genio y que además se gozara con mis descubrimientos.

Desoyendo a mi maestro y amigo Paolo Sarpi, quise regresar a Florencia para enseñarle a mi ex alumno y nuevo dux, Cosmo de Medici, mi nuevo telescopio, mis apuntes, y que viera por si mismo la Luna. Lo deseaba impresionar, para ver si me contrataba como el filósofo de la corte. De inmediato no me lo ofreció, pero yo era paciente. Dejé a mis amigos toscanos la tarea de sensibilizar al dux acerca de la conveniencia de que mi genialidad debía de estar en Toscana y no con esos palurdos e insensibles militares venecianos. Los florentinos siempre hemos considerado que fuera de Florencia, todo es barbarie. ¿Verdad, Michelangelo?

Sobra decir que en Venecia se enteraron de mi viaje y adivinaron mis intenciones de cambiar de residencia. Mi forma de ser empezaría a ocasionarme problemas, ya que también supieron que el dux me había regalado 800 coronas en esa ocasión.

— ¡Ay, ya oigo las voces que me empiezan a etiquetar de mercenario de la ciencia!

Les estoy platicando de allá por los finales de 1609. Para entonces, mi taller seguía buscando la perfección en las lentes para mi telescopio; Hice una lentes más grandes y mejoré la técnica del pulido. ¿Qué creen? Logré cuatrocientos aumentos.

Mi pasión por la astronomía hizo que me convirtiera en un solitario. Un solitario viajero nocturno. Sólo mi telescopio y yo, alejándonos de las luces de la ciudad. Recorrí campos y colinas y pasaba toda la noche observando el cielo con mi telescopio. Dejé a un lado la Luna y observé miles de estrellas; Recorrí primero la Vía Láctea y me di cuenta que era una colección inconmensurable de estrellas, apiñadas en grupos pequeños y grandes; De allí pasé a entretenerme con las Pléyades, conté otras cuarenta hermanas; Después giré mi telescopio hacia el este, hasta la constelación de Cáncer y hasta la nebulosa del Pesebre. Luego me pasé a Orión, el cazador que desea a las Pléyades y que vive destinado a perseguirlas por la eternidad.

Júpiter y yo

Una noche memorable para la historia de la astronomía —No porque yo la haya protagonizado—fue la del 7 de enero de 1610. Me senté como era mi costumbre en la ventana de mi casa desde donde se podían ver las cúpulas de la basílica de San Antonio; Júpiter, que por esas fechas ni señas que fuera el “gigante” del Sistema Solar, se apersonó sobre las cúpulas.

Hacía un mes que lo había visto, pero con mi telescopio menos potente. Tomé mi telescopio y lo observe.. ¡Un momento, lo vi diferente! Vi tres pequeñas estrellas pero muy brillantes. Dos de ellas al este y una al oeste. Hice este apunte:

—<<Despertaron mi curiosidad porque parecían encontrase en una línea recta exactamente paralela a la elíptica…>>—

Mi tenacidad no tenía límites.

—<<Como la primera vez, se encontraban en línea recta con Júpiter y precisamente en la diagonal del Zodiaco. Al advertir que tales alteraciones no podían ser atribuidas al movimiento de Júpiter, dado que tenia la seguridad de que eran las mismas estrellas que había contemplado el día inicial (debido a que no se veían en la diagonal del Zodiaco, ni a uno ni a otro lado de Júpiter; salvo muy distantes), mi perplejidad se convirtió en pasmo. Estaba convencido de que las aparentes transformaciones no se debían a Júpiter, por lo que resolví proseguir mi exploración con el mayor cuidado y la máxima atención. >>

Sería posible que fuera lo que me estaba imaginando? <<Que el planeta no se moviera hacia el oriente, sino a occidente>> <<Es decir, ¿Júpiter habría alcanzado a las estrellitas?>>

El 10 de enero me di cuenta que una de las estrellitas ¡había desaparecido! Me imaginé que se estaba “ocultando” tras Júpiter. Entonces, <<mi confusión se transformó en asombro>>

<< Había decidido que, sin lugar a dudas, las tres estrellitas se movían alrededor de Júpiter, igual que Venus y Mercurio alrededor del Sol>>

Continué mis observaciones de Júpiter durante varias noches. Tuve que apuntar en algún lado que un “Espíritu Divino me había guiado”, por si las moscas. Los espías de la inquisición estaban a la orden del día. ¿Verdad que soy pragmático hasta las cachas?

De mis observaciones posteriores deduje que Júpiter tenía cuatro lunas. Era necesario que publicara mis descubrimientos. Estaba yo, sin exagerar, marcando un hito en la historia presente y futura de la astronomía.

Pensé que mis colegas científicos debían de enterarse de mis hallazgos cuanto antes mejor, y entre más sabios, más conveniente. Si la iglesia veía que los portentos intelectuales más afamados de la época me apoyaban, sería más difícil que me consiguiera problemas.

Más rápido que un juicio de herejía por parte de la inquisición, me dispuse a escribir el borrador del que considero el libro más importante del siglo XVI, mi Siderus nuncios (“El mensajero sideral”). Para asegurarme que lo leyeran la crema y nata de la chocantería neuronal, lo escribí en latín culto. Mi estilo tuvo seguidores: Un muchachito llamado Isaac Newton, así lo hizo.

En dos semanas me aventé mi libro. Fue fenomenal. Habrá quien me lo niegue, pero creo que fue un trabajo iconoclasta.

Puedo decir sin falsa modestia que…

<<No es tarea de mentes ordinarias dedicarse a los grandes inventos partiendo de las cosas más nimias. Adivinar que ese arte prodigioso se oculta tras las cosas más triviales e infantiles es una concepción de talentos sobrehumanos>>

<<No tengo ninguna duda de que en el curso del tiempo las observaciones posteriores perfeccionaran esta nueva ciencia. Pero esto no debería ir en menoscabo de la gloria del primer observador. —Como yo— Mi respeto por el inventor del arpa no es menor por el hecho de saber que el instrumento era muy tosco y era aún más tosca la forma en que lo tocaban. Muy al contrario, le admiro más que a los muchos artesanos que han llevado este arte a su máxima perfección.>>

Había que ponerle nombre a las lunas de Júpiter

Escogí papel elegante, tomé mi pluma que sumergí en el tintero y le empecé a escribir a Belisario Vinta, secretario particular del dux Cosmo de Medici para contarle acerca de mis descubrimientos astronómicos. Le escribí más o menos esto, con sincera humildad:

<<Siento un asombro infinito, es decir, doy infinitas gracias a Dios que ha tenido a bien hacerme a mí solo el primer observador de estos prodigios que estaban ocultos desde el principio de los tiempos>>

De paso, como no queriendo la cosa, le pregunté que <<Para inmortalizar el glorioso nombre del dux, ¿cómo debía de llamar a las nuevas estrellas? ¿Cosmeanas o Mediceas?>>

— ¿De qué se ríen?—

Me contestaron que era mejor que se llamaran “Mediceas”, pues los Medici eran cuatro: Francisco, Carlos, Lorenzo y Cosme. Cuatro, igual que las nuevas estrellas de Júpiter. Mi idea fue un boomerang: Me regresó un collar de oro con brillantes y una medalla de oro. Las ideas, mis amigos, son la mejor alquimia. ¿Qué culpa tenía yo de qué a los oídos de los nobles les encantara la melcocha auditiva?

Después del Nuncio siderus, la gloria.

Pues si, después de que mi libro salió de la imprenta, —la del mejor impresor de la época, por supuesto— y una vez que lo leyeron, me llegó el reconocimiento de la comunidad científica, de la nobleza y hasta del vulgo.

Fui inspiración de poemas y odas a mi genio. Se me comparó con Colón, me titularon El Magallanes del Cielo y lo mejor: De todas las cortes empezaron a llover pedidos de mis telescopios y solicitudes de reyes, príncipes y reinas que querían sus nombres en sus propias estrellas ¡Cuánto dinero perdí por no haber pedidos por Internet, ni entregas por UPS!

Uno de los poemas que me gustó es el que me dedicó Thomas Segget:
Colón dio al hombre tierras que conquistar con sangre,
Galileo, otros mundos que no harán daño a nadie,
¿Qué os parece mejor?

En la exaltación extrema de mi euforia, y a punto de caer en coma por una sobredosis de serotonina, le regalé al dux uno de mis mejores telescopios para que observara a sus estrellas. Quedó maravillado y yo también. Me hizo un ofrecimiento económico para que me quedara como filósofo de la corte, con un sueldo que era cuatro veces superior al de su secretario particular.

Hubo quien protestó, pero yo les expliqué que era “solamente en beneficio de la ciencia. Les dije: ¿Cómo voy a poder estar tranquilo con mis experimentos y mis estudios, si las pequeñas cosas como el dinero me distraen” No, pues así no se puede.

Digo, si Aristóteles no aguantó los cañonazos de oro que le aventó el rey macedonio Filipo, para que educara a Alexandro, ¿quién era yo para ser menos?

No termino de escribir esto, cuando me entero que Venecia se entera. Empiezan a odiarme y a considerarme un traidor. Estaba por dejar el brazo poderoso protector de Venecia y mi ambición me traería problemas posteriores. Tan lejos de Venecia y tan cerca de la iglesia.

Los dos grandes sistemas: El tolemaico, el copernicano y el Papa que se asoma

¿Qué les puedo contar que ustedes ya no sepan? Pero quiero compartirles algo que regularmente no se cuenta acerca del porqué no se aceptaba la teoría de Copérnico. ¿Creen realmente que el asunto, la verdadera razón era teológica? ¿Le importaría demasiado a la iglesia la cuestión doctrinal, siendo que ella podía cambiar cuanta ley quisiera y lo que quedara, hacerlo dogma de fe? La iglesia era dueña de vidas y haciendas. (perdón por esta novísima expresión). El poder de la iglesia era increíble y del tamaño de la Vía Láctea que había recorrido con mi telescopio.

De cualquier manera, aunque muerto, aun temo por mi dedo, por lo qué cuando reclamen, negaré que dije lo que diré, para no perder la costumbre.

Bien, pero recordemos a vuelo de pájaro lo que ya sabemos: Claudio Tolomeo había sido un griego que en el siglo II d. C. planteó un modelo del Universo, con la Tierra en el centro. En el modelo, la Tierra permanece estacionaria mientras los planetas, la Luna y el Sol describen complicadas órbitas alrededor de ella. Aparentemente, a Tolomeo le preocupaba que el modelo funcionara desde el punto de vista matemático, y no tanto que describiera con precisión el movimiento planetario. ¿cómo la ven? ¡Estábamos en los años 1600 y todavía los tolemaicos le sacaban jugo a la propuesta! ¡Mas de mil quinientos años reinando!

Afortunadamente, el genio de Nicolás Copérnico se perfilaba en el horizonte. El sistema de Copérnico adelantó la teoría de que los planetas giran en órbitas alrededor del Sol, y que la Tierra es uno de los planetas y gira sobre su eje norte-sur de oeste a este a razón de una rotación por día.

Con permiso, tengo que dibujar una parábola. Se asoma el Papa Urbano VIII

El Papa Urbano me quería mucho. Él era de la familia de los Barberini y un gran amigo de los Linces —Me lleva, todavía no platico de ellos—. Lo conocí cuando era cardenal y se llamaba Maffeo Barberini y les cuento que en muchas ocasiones compartimos el pan y la sal. Además, platicaba muy sabroso de diversos temas. Era un buen diplomático, doctor en derecho, constructor de obras públicas y privadas A ver, ¿dónde descansarían los Papas los fines de semana? Pues en la villa Papal que Urbano construiría. Fue mecenas y amigo intimo del pintor Gian Lorenzo Bernini, aquel del que se dice que representa “la quintaesencia del barroco”. Para mi el Papa Urbano era, digámoslo así, un intelectual, —claro, era florentino— hasta donde se me permitió intimar para conocerlo.

Estando él ya como el príncipe de la iglesia, este recuerdo de su manera de ser era lo que me animaba a considerar “que no había problema con la iglesia”. Incluso, cuando estaba en el trono, en un periodo de tiempo muy corto, me recibió seis veces. Todo un record.

Además, dejen les platico que siendo cardenal, Maffeo Barberini había sido testigo y prácticamente el juez de un reto que me habían lanzado mis enemigos acerca de la flotación de los sólidos; En esa ocasión, dejé en ridículo a mi oponente y Barberini no ocultó su admiración hacia mí, poniéndose de pie y tomándome del brazo, con la cara llena de orgullo y satisfacción.

Fíjense que yo le caía tan bien al cardenal, que me compuso un poema, una loa de dieciocho estrofas titulada Adulatio perniciosa, y que va así:

Cuando la Luna brilla y despliega
Su procesión dorada y sus fulgores
En su órbita serena
Un extraño placer nos embarga y nos arroba.
Contempla éste el brillante lucero vespertino
Y el terrible astro de Marte
Y el camino de lácteo resplandor
Y aquel ve vuestra luz, oh Cinosura.

Y otro se maravilla del corazón del Escorpión
O de la antorcha del astro del Can
O de los satélites de Júpiter
O de las orejas del padre Saturno
Descubiertas por vuestro cristal, oh docto Galileo…

No siempre se hace la claridad
Mas allá del resplandor que brilla:
Observamos los oscuros defectos solares
(¿Quién lo creería?).
Gracias a vuestro arte, Galileo.

¿Verdad que yo le caía estupendamente? En agosto de 1623, en alguna parte escribí que “el conocimiento, con la llegada de Barberini al Papado, regresaba del exilio”. Además Berberini era florentino, perdonen que insista en esto..

Pues bien., el Papa Urbano VIII empezó a tener “cambios de personalidad” o al menos, a mostrar una que no le conocíamos. Su afición por la astrología empezó a notarse de manera más que evidente.

Por ese tiempo mi defensa de la teoría de Copérnico empezó a molestar cada vez más a los clérigos. Yo, entusiasmando por que la iglesia era dirigida por un hombre de vanguardia, inteligente, culto y amante de las ciencias, no tomaba muy en serio las recomendaciones que me hacían acerca de mantener la prudencia en el tema.

En nueve meses de pontificado, Urbano VIII empezó a mostrarse iracundo, impaciente y terco. Ya no escuchaba razones andando en la borrachera del poder y se lanzaba a fondo con unos monólogos larguísimos y pobre de aquel que osara interrumpirlo. Bueno, no era para menos con las cuestiones de la reforma protestante, La Guerra de los Treinta Años que azotaba a Europa, y todos los planes militares en los que se involucró. Bien dicen que el poder a los inteligentes atonta y a los tontos, enloquece.

Para enfatizar que tenía muy buena puntería en las decisiones, empezó a decir que “el juicio de un Papa vivo era mejor que el de cien Papas muertos” y que su juicio era mejor que el de todos los cardenales juntos. Claro, si no, ¿de qué servía ser Papa?

Empezó a ejercer “el orgullo de su nepotismo”, dejando al expresidente mexicano José López Portillo, en calidad de la pequeña Lulú. Urbano VIII hizo cardenal a un hermano, a un hijo y a otro hermano lo hizo gobernador de una vecindad del Vaticano.

Urbano VIII me empezó a recibir para oír mis disertaciones sobre la teoría de Copérnico. Se mostró amable, pero distante. Cortés, pero evasivo. Me comencé a inquietar. ¿Qué estaba pasando? ¿Estaría el Papa demasiado preocupado por sus deberes religiosos?

En las pláticas que sostuve con el Papa me burlé reiteradamente de los críticos de la teoría copernicana. Los llamé “pichones”, simples, asnos y retrógradas.

Escribí una especie de obra de teatro que titulé Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo con el fin de poder exponer de manera más clara mis ideas y la posición tolemaica y la copernicana. Pero para mi era algo más: Era la posición de la edad media contra el Renacimiento; Aristóteles y Copérnico; la posición convencional y la revolucionaria. Ahí empezó a marcarse mi destino. La obra contemplaba el dialogo de tres personajes: Uno que defendía la postura tolemaica, otro la copernicana y el tercero un tontuelo llamado Simpliciano al que se le explicaban las dos posturas con manzanitas y naranjitas, sin comprometerme demasiado en presentar los argumentos de Copérnico como aseveraciones, sino como “hipótesis”. 

Simpliciano no representaría a alguien en particular, sino al grupo de “pichones” , a los ignorantes, a los asnos, tercos y obstinados que no veían más allá de sus narices.

Mis enemigos, que ya eran muchos, convencen al Papa Urbano VIII de que ¡él era Simpliciano! El Papa lo cree y ya se imaginarán lo que siguió. El Papa además, se estaba entreteniendo demasiado en la astrología, verdadera inclinación casi patológica de la sociedad de entonces (?). La astrología había seducido prácticamente a todo el mundo.

Reyes, príncipes, reinas, plebeyos, legos e intelectuales estaban subyugados por la práctica de la interpretación de los astros y su relación con el carácter y destino de las personas…

El Papa, por ejemplo, en su nepotismo a ultranza que ejercía, se cuidada de que las ceremonias de investidura de sus parientes se hicieran siempre de acuerdo a las condiciones favorables al signo zodiacal de cada uno de sus escogidos. En el extremo de su fervor astrológico, llegó a demostrar que su llegada al Papado se había dado cuando ocurrió la más favorable configuración astral, “casi tan perfecta, como cuando había nacido Cristo”.

Se consideraba al Sol como el símbolo de la familia Barberini. Es más, según el astrólogo oficial del Papa, la familia Barberini había nacido para gobernar a la iglesia, ya que el momento exacto de la elección de Urbano, el Sol y Júpiter se encontraban en una poderosa conjunción, con virgo en el ascendente y Mercurio dominante, hallándose el Sol en la constelación de Leo, “que es el signo del caudillaje” ¡No, pues así cómo no!

Pero la astrología podía servir para otra cosa. Urbano empezó a pedir las cartas astrales y horóscopos de todos sus cardenales, secretarios, ayudantes, sirvientes, amigos, enemigos y hasta de los patos y palomas de las fuentes. Oh, ¿se imaginan lo que debió haber ganado el astrólogo Papal? Ese negocio se me escapó.

Cuando el Papa veía que un cardenal se le estaba saliendo del orden, lo llamaba y le enseñaba el horóscopo que le había mandado hacer y le decía que “con razón” se estaba comportando de tal o cual manera, ya que el horóscopo ya lo había predicho. Pero el horóscopo “también” decía que si seguía por ese camino, se le iba a aparecer el demonio con cara de juguetito inquisitorial. El horóscopo, Urbano lo usaba como una especie de “Espada de Damocles”. ¿Se acuerdan de esa historia?

El horóscopo no sólo hablaba de la vida de las personas, sino también de la muerte y otras desgracias. Algunos cardenales empezaron una especie de “guerrilla de los horóscopos”. Ellos también tenían astrólogos y mandaron hacer algunos del Papa, para contrarrestar las predicciones que sobre ellos se tenían. Empezaron a correr por las calles, callejones y plazas horóscopos del Papa donde se pronosticaba su muerte y desgracias para su familia.

Urbano mandó una bula Papal donde prohibía que a él y a su descendencia se le practicara un horóscopo. La pena era la muerte. Mando eliminar de la documentación oficial la fecha exacta de su nacimiento (15 de abril 1568).

Urbano VIII fue victima de sus propias supersticiones. Se acercaba el eclipse solar de diciembre de 1628. Sintió pánico y horror. ¡El Sol era el símbolo de su Papado! ¿Y si moría? El eclipse presagiaba la muerte del Papa Sol. ¿Qué hacer para contrarrestar los influjos maléficos?

Por fortuna, el eclipse fue en navidad cuando “el bendito poder de Cristo triunfaba sobre todo el mal cósmico”.

¿Qué creen? Todos los cálculos astrológicos estaban basados en la cosmología tolemaica. Se a lo que me expongo. Peligra la uña de mi dedo. El Sol no podía tener manchas. Se manchaba el sistema. No podías moverle a nada. Movías los cálculos astrológicos.

Aunque usted, no lo crea.

Al final triunfó la inteligencia y ya todos disfrutamos incluso de los viajes siderales. Una sonda espacial a la que le pusieron mi nombre, viajó hasta Júpiter, yendo de planeta en planeta. Por cierto, me deben unas regalías.

Estoy exhausto. Les dejo en reflexión con la letra de una canción que me encontré mirando al cielo. Es, creo, de Silvio Rodríguez.

Siempre que se hace una historia
se habla de un viejo, de un niño o de sí
pero mi historia es difícil,
no voy a hablarles de un hombre común,
haré la historia de un ser de otro mundo,
de un animal de galaxias,
es una historia que tiene que ver
con el curso de la Vía Láctea,
es una historia enterrada,
es sobre un ser de la nada.

Nació de una tormenta,
en el sol de una noche el penúltimo mes
y fue de planeta en planeta
buscando agua potable,
quizá buscando la vida o buscando la muerte,
eso nunca se sabe,
quizá buscando siluetas o algo semejante
que fuera adorable
o por lo menos querible,
pensable, amable.

Arrivederci
Galileo Galilei

 

Bibliografía

  1. Atkins, Peters, El Dedo de Galileo, Espasa Calpe, Madrid-España, 2003
  2. Cuadrado, Sara, Galileo, Edimat Libros, Madrid-España, 1998
  3. Reston, James, Galileo, El Genio y el Hombre, Ediciones BSA, Barcelona-España, 1994
  4. The Galileo Project http://galileo.rice.edu/
  5. Viniegra, Fermín, Una Mecánica sin talachas, Fondo de Cultura Económica, 1986
  6. http://eureka.ya.com/geoquimica/inventos/galileogalilei.html