Del cuerpo de Galileo solo se conserva un dedo. Pero todavía hoy, los descendientes de sus técnicas siguen aprendiendo, creciendo y desarrollándose ya que el dedo de Galileo apunta a la salida de la ignorancia medieval y aun posmoderna, por lo que Galileo sigue metiendo su dedo en el betún de todos los pasteles científicos de nuestro tiempo. ¡Feliz Cumpleaños, Galileo!

GALILEO ESCRIBE EN SU CUMPLEAÑOS

Hola, soy el dedo de Galileo. (1564-1643)

Ustedes perdonarán la pobreza de elegancia en la redacción de esta carta, acostumbrados como los tenía a mi prosa casi poética, pero, ¿qué esperaban con un sólo dedo?

El dedo medio de mi mano derecha, seccionado de mi cuerpo por un anticuario llamado Anton Francesco Gori el 12 de marzo de 1737 cuando se trasladaban mis restos desde la capilla de San Cosme a la iglesia de Santa Croce, en Florencia, actualmente se expone en el Museo de Storia della Ciencia. El vaso en que se conserva mi dedo tiene una base cilíndrica de alabastro con la siguiente inscripción.

No desprecies los restos de este dedo, mediante el cual una mano derecha medía senderos en los cielos, revelaba a los mortales cuerpos celestes nunca vistos y, al preparar un pequeño trozo de frágil vidrio, fue el primero en atreverse a realizar un acto que mucho tiempo atrás estaba incluso fuera del poder de los jóvenes Titanes, que crearon altas montañas en un vano intento por ascender a ciudades elevadas.

Mi historia

No lo puedo creer. Este 15 de febrero de 2005 se cumplieron ya 441 años de mi nacimiento. Fui de familia florentina e hijo de un hombre de rara mixtura de músico, bohemio y comerciante de telas, que se ocupaba más tratando de crear un nuevo estilo de música vanguardista que de los deberes del hogar. Desde muy pequeño, mi padre colocó en mis manos un laúd que me enseñó a tocar para que lo acompañara en la ejecución de sus canciones, que por cierto eran muy solicitadas, conocidas y reconocidas tanto por el vulgo, como por la nobleza de entonces. Cosa curiosa: Entre más mi padre me enseñaba las artes musicales, más mi interés por las matemáticas crecía.

Mi papá era culto y deseaba que yo también lo fuera; Me enseñó latín y griego y considerando que debía de perfeccionar estas lenguas, me llevó con unos monjes a un monasterio. Se llamaba la abadía de Vallenbrosa y estaba ubicada en medio de un hermoso valle —por eso se llamaba así— rodeado de montañas con perfumados pinos y el encanto de las aves. Al principio yo no quería ir, pero papá era realmente voluntarioso.

Fui muy bien recibido por estos amables monjes Jesuitas que aunque serios algunos, encantadores eran otros. Uno de ellos era un magnífico matemático que me enseñó la geometría de tal manera que me cautivó dejándome marcado para toda mi vida; Aprendí que el Universo tiene un lenguaje y que ese lenguaje eran las matemáticas.

Aunque era muy joven, decidí que mi futuro era hacerme monje; Estaba rodeado de la belleza del medio ambiente, recibía la calidez del trato de mis maestros, comida, abrigo y ¡tiempo para estudiar! La combinación perfecta. Si no eras multimillonario, quiénes podían incursionar en las ciencias eran los militares y los clérigos. De modo que le escribí a papá para expresarle mi deseo de tomar la carrera de monje. En mi carta también le decía que me había dado una pequeña infección en los ojos, cosa que nunca hubiera hecho. Mi padre se apersonó en la abadía, encolerizado.

—¡Mi bambino está enfermo de los ojos!— les gritó papá a los asombrados monjes y al tiempo que los tachaba de irresponsables, me sacaba de las instalaciones del monasterio, diciéndome:

—Mijito, tú no naciste para cura. Serás médico, pero también músico y culto como tu padre, nomás eso me faltaba.—

En 1581 asistí a la escuela de medicina, en Pisa, donde me enseñaban curación, filosofía, fisiología, latín, griego y hebreo. Pisa había sido una ciudad horrible, pero la habían mejorado bastante. Los Médici, estos personajes florentinos, cuya familia era paradigma del mecenazgo, habían convertido a una ciudad pantanosa y maloliente en un vergel, en un verdadero jardín botánico que llegaría a ser la envidia de las ciudades europeas.

Las clases en la escuela de medicina eran para mí un monumento al aburrimiento; Contrario a lo que les sucede a la mayoría de los jóvenes, que abominan las matemáticas, yo era infeliz sin ellas. Mi capacidad de abstracción era muy alta y mi inteligencia espacial me permitía tomar una ventaja infinitamente superior sobre mis compañeros y profesores.

Mi actitud, debo reconocer, no me hacía ganar amigos. No era muy simpático, vamos; Me apodaban merecidamente El Discutidor y estaba claro que no pasaría a la historia como el más simpático de la cuadra, pero a ver, díganme: ¿Cuándo han conocido a un virtuoso que no sea chocante? —¿Verdad, Newton?, quién por cierto nació el día en que morí—. Es más, si un escultor de entonces hubiese querido hacer un monumento a la aun no inventada penicilina, me habría tomado de modelo, por aquello de que a todo le daba la contra.

Sin que mi papá lo supiera, dejé de asistir a las clases de medicina para colarme a las clases de matemáticas que impartía en aquel entonces, matemático de la corte, Ostilio Ricci. Fui prácticamente disfrazado ya que Ricci sólo le daba clases a los nobles y pudientes, pero valía la pena ya que Ostilio Ricci no tenía parangón como maestro.

Impartía la clase casi de manera poética. Declamaba los enunciados de Arquímedes y se sublimaba explicando las ecuaciones. Ricci me guió de la geometría pura a las teorías de la perspectiva y las técnicas de la medición abstracta. Descubrí la utilización de las matemáticas en el campo de la ingeniería militar, que más tarde me servirían para hacerme rico, ¿se acuerdan cuando invente aquél compás geométrico militar?

Se me considera como el verdadero fundador del método experimental.

Lo demás es historia, ya lo saben: Además de músico me convertí en físico, matemático y astrónomo. En 1597 construí un termoscopio, en 1617 inventé el anteojo binocular, después descubrí en 1583 la ley del isocronismo del péndulo, indicando su posible aplicación para medir el tiempo. En 1586 construí la balanza hidrostática. En 1610 publiqué las irregularidades de la superficie lunar, descubrí los satélites de Júpiter y la composición de la Vía Láctea. En 1615 la Santa Inquisición me condenó y todos mis libros fueron prohibidos y fui obligado de no divulgar ni enseñar mis teorías, viviendo mis últimos días en arresto domiciliario. Pero sobre todo, de lo que me enorgullezco es de qué manera perfeccioné el telescopio.

PASAJES DE MI VIDA QUE ME MARCARON.

Mi experimento de Pisa.

¿Cuál sería mi mayor contribución a la ciencia? La historia tiene la palabra, pero algo que quiero subrayar es que en mi tiempo reinaban los conceptos de Aristóteles, portento intelectual que hacía más de mil ochocientos años había muerto pero que sus seguidores se negaban a enterrar. Sus discípulos eran más Aristotélicos que el propio Aristóteles, que reverenciaban su nombre, pero olvidaban su método; Pero como lo expresé en su momento En lo tocante a la ciencia, la autoridad de un millón no es superior al humilde razonamiento de una sola persona.

Aristóteles salía al patio de su casa, volteaba al cielo y decía: “He ahí las estrellas, siempre; La tierra es el centro mismo del Universo” ¿Quién era el macho que iba a contradecirlo?

Alguien se atrevió y yo lo abracé: Copérnico. Este hombre sabio era médico, matemático, astrónomo, clérigo y el sobrino rico y protegido del obispo príncipe de Polonia.

Nicolás Copérnico dijo que el maestro Aristóteles, vaca sagrada del pensamiento universal estaba, en esta ocasión, tirando para el monte y yo, seducido, le creí.

También me atreví a desmentir al maestro Aristóteles en la cuestión de la velocidad de los cuerpos: Aristóteles decía que si dos cuerpos de diferente peso, se dejaban caer de por ejemplo, cincuenta metros, el que pesaba más caería infinitamente más rápido que el de peso menor. Mi posición contraria era acompañada de burlonas carcajadas que se oían en toda la ciudad.

Para demostrar que el maestro Aristóteles estaba equivocado subí a la Torre de Pisa, que medía cincuenta cuatro metros aproximadamente. Escogí la hora en que maestros y alumnos, enemigos y seguidores debían de pasar frente a la torre para ir a la universidad, a modo de conseguirme el suficiente público que fuera testigo de mi grandeza.

La plaza estaba repleta y las apuestas crecían a favor y en contra. Los aristotélicos me gritaban burlas, ya que se habían congregado mis amigos, mis enemigos y todos los demás.

Llegué vestido con mis mejores galas. Mi figura imponente sobresalía de los demás y el aire enmarañaba mis pelirrojos cabellos. Llevaba varias pelotas, de diferentes pesos y materiales como el plomo, cobre, ébano y oro. Subí con donaire los casi trescientos escalones de la torre.

Mi experimento, aunque parecía una obviedad del tamaño de la torre misma, a nadie se le había ocurrido o nadie se había atrevido, pero la torre de Pisa estaba que ni mandada a hacer para mi ejercicio de prueba, ya que parecía simbolizar por su chuecura, las imperfecciones humanas y yo estaba dispuesto a enderezar un pensamiento erróneo respecto a la velocidad de los cuerpos en caída libre, aun y cuándo en medio estuviera la figura agigantada y monstruosa de Aristóteles, tótem del pensamiento.

Aparecí en lo alto entre pilares y arcos. Alcé los brazos y saludé a la multitud, qué me respondió con clamor. Algunos con gritos y enardecidos abucheos. Es imposible dejar de reconocer que me sentí halagado. Estaba allí para demostrar a mis enemigos, quién era superior. Perdóname modestia, pero siento un profundo desprecio por los seres pedestres.

Me preparé con una bola en cada mano. Desde abajo, la multitud notó la diferencia en tamaño de los objetos que mostraban mis manos. Los dos diferentes objetos cayeron exactamente a la misma velocidad. Mi experimento probó que las fuerzas que influyen sobre un objeto son independientes del peso del mismo. ¿Por qué? Me estaba anticipando a lo que habría de descubrir Isaac Newton décadas más tarde de que la fuerza de la gravedad era constante. A pesar de sus pesos diferentes, dos objetos caerán (en realidad los objetos son jalados) al suelo exactamente a la misma velocidad.

Hay quiénes aseguran que esta historia nunca sucedió realmente, pero estoy convencido que las ilustraciones no tienen que ser ciertas, basta con que sean ejemplares.

Mis amigos y el telescopio. (1609)

Tuve cantidad de amigos, pero al que le debo mucho es, sin duda, a mi entrañable compañero Paolo Sarpi, <<mi maestro y mi padre>>. Este piadoso y enigmático hombre que era historiador, filósofo, sacerdote, diplomático, médico descubridor de las válvulas de las venas, las oscilaciones de las pupilas, la desviación polar de los imanes; Amante de la óptica, de la química y de la metalurgia, me hizo uno de los más grandes favores que se le pueden hacer a un amigo: Me dio información.

Sarpi tenía un trabajo privilegiado y fascinante. Era algo así como una especie de cronista histórico de la iglesia. Tenía acceso a información clasificada como secreta, esa que cuando se posee se adquiere poder, pero también cercanía al peligro, tanto así que se sospechaba de él como espía y le apodaban justamente El Maquiavelo de Venecia. Siempre que yo iniciaba una plática a mi modo, es decir sarcástica, soez y vulgar, el me miraba y decía <<Ahí viene la virgen, hablemos de otra cosa>>

Una vez llegó a la ciudad el fuerte rumor de que un artesano holandés fabricante de lentes había inventado unas lentes capaces de hacer que las cosas lejanas se vieran cercanas y que las presentaba en algo así como una especie de “tubo mágico”. El holandés se llamaba Hans Lippershey. El artilugio tan novedoso llamó muchísimo la atención de los militares holandeses y le dicen al rey que tamaño invento no puede ser del dominio público, de manera que exigen se prohíba que Lippershey lo patente.

Hans le había puesto a su aparatito el nombre de “kijker”, que significa “Buscador”. Aunque Hans no lo pudo patentar ya que el rey de Holanda lo consideró arma secreta y prohibió su comercialización, la piratería ya hacia de las suyas. Pero además, no le puedes callar la boca a un inventor, aunque un rey se lo pida.

Una copia ranchera ya andaba cerca de mi. Hans Lippershey había planeado un viaje a Venecia, con el fin de enseñarles a las altas autoridades su invento. En cuanto me llegó la noticia de la visita del holandés fui a buscar a mi amigo Paolo Sarpi. Le comenté que tenía que hacer algo con su poderosa influencia para detener la visita de Lippershey, hasta que yo encontrara la manera de fabricar mi propio “tubo mágico”. Muy tarde era ya. ¡Lippershey ya estaba en la ciudad!

—Mira Paolo, le dije: Vamos a ver que tan influyente eres. Lippershey no debe, entiendes, no debe de entrevistarse con las autoridades de Venecia. No antes que yo.

—Sarpi, en esos días estaba muy ocupado y preocupado, ya que era objeto del escrutinio de la Santa Inquisición por estar bajo sospecha de crítica a los procedimientos de la misma; Al poseer información privilegiada y acceso a documentos comprometedores que evidenciaban abusos, torturas y asesinatos por parte de la Inquisición, Sarpi se había indignado atreviéndose a expresarse en contra de las prácticas de los dominicos que estaban al frente de la institución.

Por su posición crítica, Sarpi había sido atacado al llegar a sus oficinas y dejado por muerto después de recibir varias puñaladas en la oreja, en la sien derecha, en la mandíbula y otras partes del cuerpo, mismas que Acquapendente, mi médico particular atendió oportunamente, salvándole la vida.—

Paolo escucha entre nubes mi petición acerca de retrasar la audiencia de Lippershey, se me queda viendo y dice:

—Tengo información y hasta dibujos de ese juguetito. Me llegaron hace como ocho meses, pero se me había olvidado comentártelo ante tantas preocupaciones que me aquejan.—

Me quedé perplejo y me quise morir. Miren, me acuerdo y me tiembla el dedo.

Le arrebaté a Sarpi las notas y dibujos que me mostraba y corrí a mi taller. Esa noche no dormí. Ni la siguiente. Me la pasé soplando vidrio. Estaba emocionadísimo con mis descubrimientos. Hice muchas, muchas lentes cóncavas y convexas, de diferentes espesores y tamaños, hasta que por fin un par de ellas me convenció. Había logrado treinta aumentos. Mi artesano me preparó un tubo de plomo de cinco centímetros de diámetro y coloqué en él las lentes.

Sarpi me visita en el taller y me dice que tengo como máximo quince días antes de que Lippershey sea recibido. El Maquiavelo de Venecia sabía hacer su trabajo. Quince días era más de lo que mi disciplina, entusiasmo e inteligencia necesitaban.

Antes que inmediatamente, les mande unas cartas a los principales de la ciudad invitándoles a ser testigos del más grande invento de los últimos tiempos. No les desilusioné.

Me esperaba un nutrido grupo de importantes de Venecia. El principal, el dux Leonardo Donà, jefes militares, magistrados, consejeros y sabios.

Salimos del palacio y nos encaminamos a la Torre de San Marcos, y una vez allí apunté mi instrumento hacia Padua, a cincuenta y seis kilómetros de distancia. ¡Wow! La torre de Santa Giustina se vio de forma brillante. Todos los importantes personajes que se encontraban en la azotea de la torre parecían chiquillos queriéndose arrebatar mi tubo mágico.

Después apunté hacia los pueblos más lejanos, a ochenta kilómetros; Apunté también hacia el mar Adriático y vimos en el horizonte galeras que hubieran tenido que navegar dos horas a toda vela para poder ser notadas a simple vista. ¿Se imaginan este invento en manos de despiadados piratas? El jefe militar veneciano comprendió inmediatamente la importancia de este asombroso artilugio, que al final se le quedó el nombre de telescopio, a sugerencia de mi amigo del grupo de Los Linces, Guillermo de la Porta.

En un momento dado, entusiasmados como estaban, ya querían gritar para preguntarme el precio de mi telescopio. Pero mis planes eran otros. Yo lo que quería era trabajar en Venecia, lejos del brazo poderoso de la iglesia, ya que me andaba rascando la espalda la intolerancia.

Mis copernicanas ideas y mi alzheimer selectivo, —ya que solo recordaba lo que me convenía cuando me llamaban a cuentas, recomendándome que me retractara de mis ideas extravagantes — ya me estaban colocando en zona de peligro. De manera que ya había preparado un paquete para el dux. Le regalé el mejor telescopio que había fabricado. Lo impresioné y le aventé un discurso mareador, que casi me deja con la lengua enyesada, ustedes dirán si no:

Me arrodillé ante el dux y le declaré:

<<Yo Galileo Galilei, humilde siervo de Vuestra Alteza, que procuro con toda mi alma cumplir siempre con mi deber y encontrar alguna utilidad que beneficie a Su Alteza…os traigo ahora este nuevo artificio. Creo que este instrumento es digno de que lo aceptéis y os regalo, dejando a vuestro juicio si deben de construirse otros o no. Este es uno de los frutos de la ciencia, ciencia que durante diecisiete años he dirigido en Padua, esperando poder ofreceros mayores inventos aún si Dios así lo quiere, y si vos y Dios deseáis que pase el resto de mi vida a vuestro servicio.>>

¿Qué tal? Antes de bajar de la azotea ya tenía una propuesta económica de Su Alteza. Me ofreció mil ochocientas coronas de sueldo anual —Que nadie ganaba entonces—, el nombramiento de profesor ad vitam —Vitalicio— y una prima de cuatrocientas coronas (La prima que me dio, no era su pariente, sino un estímulo económico). Y lo mejor: Protección contra el Papa. Venecia era prácticamente autónoma. Poseía el imperio naval, con astilleros capaces de construir con más de cinco mil obreros un barco en una noche. Ahí me convenía estar, según consejo de mi amigo Paolo Sarpi.

—Lo que Su Alteza disponga es lo mejor para mi, repliqué modestamente al tiempo que me inclinaba respetuosamente—

Me fui a un oscuro rincón y grité ¡Yes!

Nunca un regalo me regresó tanto. Si, ya se que algunos me han criticado que jamás le quise regalar uno de mis aparatitos a Kepler, pero en aquellos tiempos era muy difícil enviar un paquete tan lejos, y Fedex todavía no existía.

Mi relación con la iglesia

Realmente yo era un devoto de la iglesia y un creyente sincero. Lo que pasaba es que no podía soportar la orfandad neuronal de algunos “pichones” que sintiéndose sabios, rebuznaban a la menor provocación. Desde mis tiempos de estudiante y joven profesor me mostré rebelde ante la disciplina que se aplicaba en las aulas; Me resistía a usar la obligatoria toga y hasta componía canciones satíricas acompañado de mi laúd, muy al estilo de mi padre.

Infinidad de ocasiones fui requerido por la rectoría de las instituciones donde trabajé para solicitarme que le bajara al estilo irónico y burlón de mis comentarios en contra de las autoridades educativas. Recuerden que las autoridades eran clérigos.

Pero debo de reconocer que hasta yo fui comedido frente a la Santa Inquisición; Yo no le tenía miedo, le tenía más bien, pánico. Ustedes sabrán ahora que murieron más personas perseguidas por esta organización que por las dos guerras mundiales juntas. Estamos hablando de miles y miles.

Cuando me llamaron para ser enjuiciado por afirmar en mis libros que el centro del Universo no era la Tierra, sino el Sol, no crean ustedes que dije “E pour si move”, y sin embargo se mueve; Lo pensé, lo pensé. Con el cardenal Bellarmino El Inquisidor enfrente no se podían hacer ese tipo de comentarios. Ipso Facto hubiese sido condenado y ejecutado.

Además, el recuerdo de la figura de Giordano Bruno me perseguía. Aunque nunca lo conocí personalmente, si sabía de sus declaraciones y de su postura; Alguna vez consideré pronunciarme a su favor, pero me contuve. Supe como Giordano fue tratado cuando lo condenaron. Él también era un ferviente creyente de las teorías de Copérnico, pero tenía más que nada una concepción radical y mística del Universo. Bruno más que certeza científica tenía una percepción espiritual que parecía que rayaba en la locura; Pienso ahora que era una especie de esquizofrenia mística. Tenía frases y conceptos tan revolucionarios sobre el cosmos que aún en el futuro sorprenderían.

Hay que entender que el Vaticano controlaba la ciencia, las artes, la política y la música. No era poco. Además, la iglesia estaba sumamente sensible por la reciente reforma protestante. Cualquier cosa, animal, hombre, mujer, concepto, suspiro, teoría, idea, que emitiera un sonido diferente a la tradición de la iglesia, era inmediatamente rechazado y en su caso, perseguido y aplastado. Y Giordano Bruno era candidato plurinominal a eso. Lean si no:

“Dios es omnipotente y perfecto y el universo es infinito, si Dios lo conoce todo entonces es capaz de pensar en todo, incluido lo que yo pienso, Debido a que Dios es perfecto y conoce todo, debe crear lo que yo pienso. Yo puedo imaginar un infinito número de mundos parecidos a la tierra, con un jardín del edén en cada uno. En todos esos jardines la mitad de los Adanes y Evas no comerán del fruto del conocimiento y la otra mitad lo hará, de esta manera un infinito número de mundos caerá en desgracia y habrá un infinito número de crucifixiones. De aquí puede haber un único Jesús que irá de mundo en mundo o un infinito numero de Jesuses. Si hay un solo Jesús, la visita a un número infinito de mundos tomara una infinita cantidad de tiempo, de este modo debe haber un infinito número de Jesuses creados por Dios”. 

Es decir, si Dios era infinito, poderoso y creativo no podía dejar de crear mundos iguales a éste. Había millones de mundos habitados, según Bruno.

Ya comprenderán que el Cardenal Bellarmino El Inquisidor, al terminar de leer lo anterior, inmediatamente empezó a convulsionar y a punto de una parálisis facial, manda encarcelar a Bruno en el castillo de Sant Angelo en Roma, donde encadenado, fue sometido a una amplia variedad y estilos de tortura, prefigura de lo que sería el manual práctico de la policía mexicana en su más oscurantista periodo.

¿Se imaginan cómo me encontraba yo con estas noticias?

—Galileo, me decían ¿No vas a poyar a Bruno? Este…

Se comentaba en los pasillos y en los baños que Sarpi, junto con Giordano Bruno y otros sabios habían tenido reuniones secretas dónde se dedicaban a hablar de temas prohibidos como las teorías de Copérnico, y a criticar a la iglesia. ¡En la torre! Y yo tan cerca de Sarpi. Qué miedo.

Cuando Bruno fue condenado, exclamó frente al Cardenal Bellarmino: “No podría retractarme ni lo haré. No hay nada de lo que tenga que retractarme, ni se de qué debería hacerlo” y agregó “Es más grande vuestro miedo a pronunciar mi sentencia que el mío a oírla”

Una fresca mañana, un 19 de febrero de 1600, cuatro días después de mi cumpleaños, Bruno fue sacado del castillo para ser llevado a la prisión secular situada a la otra orilla del Tíber. Frailes encapuchados, pertenecientes al grupo conocido como La Compañía de la Misericordia y de la Piedad, llevarían a Bruno al Campo dei Fiore. Le habían colocado un clavo en la lengua que atravesaba su garganta para que ya no pudiese expresar sus herejías. Durante el trayecto los encapuchados le instaban a arrepentirse, mostrándole imágenes de la virgen, de Cristo y del mismo Papa.

Pero Bruno parecía que no era de este mundo, sino de uno de los que su imaginación concebía. Era inflexible y mostraba un coraje, determinación y valentía que sus opresores no sabían de estaba hecho. Asumían que era el mismo poder del demonio lo que le daba la fuerza para no vencerse.

Ocho años habían mantenido a este monje dominico en prisión con la esperanza de que se arrepintiera. Era la vergüenza de la orden.

Bruno creía fervientemente en la infinitud del cosmos, y que la Tierra se movía alrededor del Sol. Fue fiel a sus brillantes, místicas y alocadas (?) convicciones.

Ya que la Inquisición era piadosa, el condenado tenía que morir con la mayor misericordia posible y sin derramamiento de sangre, por eso era que los condenados eran consumidos en la hoguera, eso sí, acompañado de fervientes plegarias por parte de los encapuchados.

Piensen ustedes que no me quedaban muchos ánimos de hacerme el héroe. Realmente la Inquisición nunca me maltrató físicamente, gracias a que, estoy seguro, muchos jerarcas de la iglesia me respetaban y me admiraban. También mi influencia era muy grande. Yo tenía amigos venecianos y toscanos muy poderosos, entre ellos el grupo de Los Linces. Además, mi popularidad de sabio me protegía de alguna manera. Sin embargo, déjenme que les platique que en una ocasión, Bellarmino me invitó a un paseíto por las instalaciones de tortura de la Santa Inquisición.

Como si estuviéramos en una moderna tienda departamental, escuchando cantos gregorianos de fondo, fuimos recorriendo uno a uno los aparatitos, al tiempo que recibía una breve pero sustanciosa explicación del funcionamiento de los juguetitos preferidos del Cardenal. Con eso tuve. ¿En que estaba yo pensando cuando dije que el Sol era el centro del Universo y no la Tierra?

Mi familia

No me casé nunca, pero tuve tres hijos. Dos niñas y un niño. Tenía yo muy poca tendencia al deseo de formar un hogar tradicional. Cuando murió mi padre tuve que tomar la figura patriarcal de la familia; Mis hermanas menores se casaron y ¿quién cree que debía de aportar la dote? ¡Claro que yo! Viví siempre tensionado y prácticamente huyendo de mis cuñados que se la pasaban en los tribunales demandándome la exigencia del pago correspondiente.

Viví muchos años pidiendo prestado aquí y allá; Solicité adelantos por trabajos que los ricos me pedían y mis honorarios de clases particulares se desaparecían en los bolsillos de mis queridos hermanos políticos. Además, mi hermano menor era vago, extravagante, fatuo, y por si fuera poco, desobligado. Mi hermanito había llegado a adquirir la asombrosa habilidad de conseguir que le prestara dinero con el fin de iniciar un jugoso negocio, que ahora si, lo sacaría de pobre.

Ahora entienden que cuando me llegó la edad de merecer, estaba muy escamado en esta cuestión del matrimonio. Por lo tanto, lo pensé mejor y me busqué una agraciada dama, cariñosa y amable, que si bien su reputación en la acartonada sociedad de mi tiempo no era la mejor, me garantizaba una sana distancia y una libertad que yo sabría corresponder.

A mis hijas, cuando crecieron, pude gracias a los contactos que tenía con los poderosos, conseguir que las admitieran en un convento para que tomaran los hábitos y los votos de castidad como religiosas y que así se comprometieran en matrimonio con el Señor. Me quería asegurar que nadie me pidiese dote alguna. Bastante tuve que sufrir con las dotes de mis hermanas. Mucho se me ha criticado la relación fría y distante con mis hijas, pero las quise a mi modo. ¿A ver, alguno de ustedes sí sabe querer?

Pendientes en el tintero

He escuchado decir que mi nombre ya se puede pronunciar en voz alta; Que la iglesia públicamente me ha pedido perdón, aunque algunos no creían necesario que el Papa de turno se expresara en ese sentido, ya que no fui quemado en la hoguera, ni lastimado en tortura. No sé que pensará de esto, cuando le cuente, Giordano Bruno.

Aunque no haya yo pronunciado “Y sin embargo se mueve”, no importa que así fuera: la voz del género humano, al pronunciarla por mí, me vengará eternamente de mis críticos y perseguidores.

Bien, me despido. Esta carta se ha alargado demasiado y mi dedo ha comenzado a protestar. Quedan en el tintero varios temas para la próxima: Mi juicio en el tribunal de la Inquisición; Mis amigos los Linces; Mis principales libros científicos; Mis disertaciones teológicas sobre algunos pasajes bíblicos; La obra de teatro donde explico la postura tolemaica y la copernicana, y que a raíz de este escrito el Papa Urbano VIII, es convencido por sus asesores de qué él es el personaje de Simplicio, el tontuelo de mi cuento. —Una maravilla que no puedo dejar de contar. — Además, les platicaré del poema que el Papa Urbano me escribió, Oh, my God—
Arrivederci
Galileo Galilei

 

Bibliografía

  1. Atkins, Peters, El Dedo de Galileo, Espasa Calpe, Madrid-España, 2003
  2. Cuadrado, Sara, Galileo, Edimat Libros, Madrid-España, 1998
  3. Reston, James, Galileo, El Genio y el Hombre, Ediciones BSA, Barcelona-España, 1994
  4. The Galileo Project http://galileo.rice.edu/
  5. Viniegra, Fermín, Una Mecánica sin talachas, Fondo de Cultura Económica, 1986
  6. http://eureka.ya.com/geoquimica/inventos/galileogalilei.html