Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro. Groucho Marx

Los que me invitaron a ver en video la película “2012” —o algó así como se llame— juraron que jamás lo volverán a hacer. He intentado ver —sin lograrlo—en cuatro ocasiones “Avatar”; Como feligrés y exégeta de los Credence Sherlock Holmes Revival, convulsioné hasta el vómito por el churro que anuncia que “Los puristas de Holmes pueden estar en paz”. —¡Mentirosos, arderán en el Hades!—

Es por demás, no puedo; seguramente tengo descompuesto un chip que se niega a brindarme el gusto de privilegiar las imágenes sobre las letras; el Homo Videns que se supone habita en cada uno de los seres posmodernos, se niega a salir.  Me acordé de un escrito de hace muchos años que escribió Isaac Asimov donde explicaba su terca negativa de hacer guiones para cine en Hollywood. Aquí se los dejo, que lo disfruten…
EL Perplejo Sideral

POR QUÉ NO HE HECHO CARRERA EN HOLLYWOOD
Por Isaac Asimov

Estamos atravesando un sensacional auge de la ciencia ficción tanto en la pantalla grande como en la pequeña, un auge que está empezando a manifestarse también en el video doméstico, y aquí estoy yo, uno de los “tres grandes” de la ciencia ficción, sin participar para nada en ello. Está soplando una ventisca de billetes de cien dólares, y ninguno de ellos me cae encima. —Isaac Asimov—

—¿Cómo diablos me las arreglo?

Permítanme que les diga que no es fácil. Requiere valor, destreza y decisión.
Naturalmente, voy a describir con exactitud cómo lo hago. No soy egoísta, y sé que a muchos de ustedes también les gustaría ser dejados de lado por la fama y la fortuna. Préstenme atención, amigos míos, y también ustedes se podrán ahorrar triunfos.

Hay dos reglas fundamentales que nunca deben olvidar.

Primera, niéguese a salir de Manhattan. (Esto, naturalmente, si vive en Manhattan. Si, a diferencia de mí, resulta que vive usted en Keokuk, niéguese a salir de Keokuk.)

Practique la necesaria declaración con un imaginario teléfono aplicado al oído. Finja que una voz jovial le esta ofreciendo enormes sumas de dinero por comprometerse en algún tipo de proyecto de televisión y/o cine, y, en el momento crucial, cuando la melosa voz le gorgotea al oído una elevada cifra de dólares y hace una pausa, usted dice: “Lo siento, señor, pero yo no viajo. Todas nuestras conversaciones tendrán que ser por teléfono. En otro caso, señor, tendrá usted que venir a Manhattan (o a Keokuk) cuando quiera hablar conmigo.”

Pero, ¿por qué aferrarse a Manhattan? ¿Es sólo para lograr el espaldarazo del fracaso?

¡No! El fracaso puede ser estupendo, pero hay también razones prácticas. El viajar es fatigoso, y, aunque no lo fuese, Hollywood (o el sur de California en general) no es adonde uno deba querer ir. Tal vez directores, productores, actores, agentes y nínfulas sean felices allí (aunque dudo), pero los escritores, no.

Todos los escritores de Hollywood que conozco están prematuramente envejecidos, padecen impotencia nerviosa y continuamente están echando rápidos vistazos por encima de su hombro izquierdo con la enfermiza certeza de que alguien se les acerca sigilosamente con un cuchillo dirigido a su espalda.

En Manhattan, por el contrario (y en Keokuk también, estoy seguro), los escritores son jóvenes, viriles (o generosamente proporcionadas si son mujeres), cordiales y piensan que los cuchillos son para cortar pan.
¿Y si la voz del teléfono suelta una untuosa risita y le asegura que su sueño secreto ha sido desde hace tiempo realizar frecuentes viajes a Nueva York (o a Keokuk) y que las largas conversaciones con usted harían que valiese la pena el gasto?

Para ese caso está la segunda regla. Usted dice firmemente (procurando que su voz suene como una puerta al cerrarse de golpe y correrse un pesado cerrojo): “Yo no hago guiones cinematográficos ni obras de televisión.”

¿Le sorprende esto? ¿Por qué no querer hacerlos?

Porque los guiones cinematográficos y de televisión son revisados por diversas personas no literarias…, los productores y los directores, naturalmente, por no decir nada de sus suegras y sus hermanas pequeñas. Están luego los actores, los botones y los transeúntes que han entrado en la oficina del productor buscando el lavabo de caballeros.

Desde luego, cada uno de ellos tiene fuertes objeciones que hacer al guión tal como esta escrito por un simple escritor. Las objeciones son transmitidas al autor, pero sólo de una en una. Únicamente cuando ha vuelto a escribir el guión para satisfacer la primera objeción es cuando se le entrega la segunda, y así sucesivamente.

Conozco carios casos reales de escribir en Hollywood. En uno de ellos, un determinado escritor que estaba haciendo un guión de una libro que yo conozco bien ha sido contratado en tres ocasiones para trabajar sobre el mismo libro, sólo que el productor pueda darse el gustazo de despedirle de nuevo por el crimen de intentar mantener el espíritu del libro. En el caso de otro libro, un sexto escritor está realizando un sexto guión, y el triunfal informe es que el sexto no es más ajustado que el primero.
¿Quién necesita todo esto?

Ah, pero si no salgo de Manhattan y me niego a escribir guiones solo por una egoísta apetencia de trivialidades tales como la cordura y la felicidad, ¿cómo me gano la vida?

¡Muy sencillo! Escribo libros. (¡Libros! ¡Libros! Son unas cosas hechas de hojas de papel blanco, con letras impresas y cubiertas por unas tapas.)

Yo me limito a llenar los papeles blancos y a llevárselos a un editor, que se ocupa de su publicación. A veces me pide, con voz tímida, algunos cambios –introducir una coma aquí, corregir un detalle ortográfico allá-, y yo suelo acceder magnánimamente.

Reconozco que un libro no reporte mucho dinero si se juzga conforme a los niveles de Hollywood, pero siempre cabe recurrir a la cantidad. Yo he publicado 355 libros hasta el momento, y los centavos se van acumulando. Y hay que considerar también la cordura y felicidad. Puede que estas cosas no sean tan importantes como el dinero, pero, qué diablos, soy fácil de conformar.

Epílogo:

Hice la tontería de ofrecer este ensayo a una revista que  dependía de las producciones de Hollywood. Naturalmente no coincidían  conmigo cuando se trataba de burlarse de Hollywood. Así que se lo di a una  revista de aficionados a la ciencia ficción. Ésta es su primera aparición  profesional.