Antonio Sánchez

Hace unos días se cumplió el primer aniversario luctuoso del astronómo solar Antonio Sánchez Ibarra. Lo recordamos leyéndolo, al narrarnos el cariño que sentía por la astronomía.

Por Antonio Sánchez Ibarra
Estación de Observación Solar Universidad de Sonora

La invitación del Cyberastronomo a recordar y documentar observaciones históricas, me ha inspirado a tratar de recopilar mi experiencia sobre fenómenos astronómicos que he observado en los últimos 37 años. Espero esto sea evocador para otros.

Mi primera observación memorable no fue de un fenómeno astronómico importante, pero fue definitorio para el que me decidiera a ser astrónomo. Lo ubico aproximadamente cuando tenia seis años, en 1961.

Teniendo a la mano libros en mi modesta casa, vi con curiosidad en uno de ellos el dibujo del cielo de invierno donde mostraban al cazador Orion, luchando con el Toro. En una noche próxima a este suceso, estando fuera de casa en el descanso natural de la época, con sorpresa pude reconocer las siete estrellas de la Constelación de Orion que había visto en el libro. Una década después, esto me llevaría a darle el nombre de Orion a la primera sociedad astronómica que fundé.

El siguiente hecho que recuerdo fue cuando estaba visible el Cometa Ikeya-Seki. Con diez años de edad y sensible al gélido clima de Nogales, conté con el apoyo de mi abuela materna quien, subrepticiamente me envolvió en varias colchas y me sacó en la madrugada al exterior para que viera el cometa, en una imagen que conservo como si fuese ese día.

Aunque no astronómico, no puedo dejar de mencionar que mi niñez estuvo marcada por el programa espacial. Seguir paso a paso el proyecto Apolo que llevaría hombres a la Luna fue increíblemente inspirador y buscar con
la ayuda de mi Tío un televisor donde pudiera ver el alunizaje la noche del 20 de julio de 1969, es algo inolvidable.

Cuántos deseos de estar en Mihuatlan, Oaxaca el 7 de marzo de 1970, cuando ocurría un Eclipse Total de Sol. Tuve que conformarme, sin recursos, con ver la proyección del Sol eclipsado que bajaba de los orificios en la
lamina del techo de la cocina. Me prometí que no faltaría a la siguiente cita, veintiún años después.

Al igual que muchos, fui uno mas de los observadores frustrados con el Cometa Kohoutek. Anunciado desde marzo de 1973 como el cometa del siglo, me tuve que conformar con ver un pequeño cometa el invierno de 1973 y 1974.

Uno de los eclipses totales de Luna que recuerdo con más agrado fue el del 25 de mayo de 1975. Sucediendo en una noche agradable y en horario temprano, fue posiblemente la primera ocasión en que armamos todo un programa de divulgación en torno a un fenómeno astronómico, donde incluso hubo en Nogales transmisión continua por la radio con descripción del mismo y aspectos históricos relacionados con los eclipses.

Todo el desencanto del Cometa Kohoutek se diluyó en 1976. Sabíamos que estaba visible por las madrugadas el Cometa West. Con mis compañeros de la Sociedad Astronómica Orion de Nogales, Maria y José Maldonado,
planeamos el subir una madrugada una colina cercana con vista libre hacia el Este. Esa noche, aproximadamente a las 22 hrs., cada quien desde casa vimos como una gran masa nubosa se aproximaba y se desato una nevada intensa que persistió durante aproximadamente hora y media. Terminado el fenómeno, el cielo quedo totalmente despejado y diáfano. Comunicados por teléfono, decidimos continuar nuestro propósito y aproximadamente a las 4 de la
mañana nos reunimos para iniciar el ascenso con un manto de nieve de aproximadamente 20 centímetros. Llegamos a la cima y con los pies congelados vimos, poco después, como algo blanquecino comenzaba a emerger
en el horizonte entre las montañas. Majestuoso, apareció el cometa mas bello que he observado hasta ahora. Lo impresionante del cometa se sumaba al entorno nevado. Al regreso, duramos muchos minutos para volver a sentir
nuestros pies.

En 1978, mi compañero también de la Sociedad Astronómica Orion, Roberto Monteon González y yo, estuvimos cada noche vigilando al planeta Urano en espera de lo que nosotros llamamos “el gol de Urano”. Así es, Urano
habría de pasar entre las dos estrellas de Alpha Librae. Tuvimos despejada la noche del gol y logramos ver un evento que no ocurrirá en mucho tiempo.

Extraordinario trabajo tuvimos en 1982 con motivo de la Gran Conjunción Planetaria. Fue un embate frontal contra los cientos de pronósticos catastróficos que surgieron en torno a los efectos del fenómeno. Finalmente y después de una escalada combatiendo por los medios de comunicación, invitamos al publico a observar la noche del 10 de marzo y, además de ver los planetas, constatar que no ocurriría nada. Esa noche, la calle Rosario en Nogales se tuvo que cerrar ante la afluencia y en lo que se convirtió en una fiesta, cientos de personas realizaron la observación.

La misma calle volvió a cerrarse el 10 de mayo de 1983: El Cometa IRAS-Araki-Alcock, primero descubierto por un satélite (IRAS) y con un gran acercamiento a nuestro planeta, de menos de cinco millones de kilómetros, estaría en su mayor proximidad esa noche. No puedo olvidar la impresión de ver al cometa moviéndose entre las estrellas rápidamente, de tal forma que tenía que estar moviendo constantemente el telescopio para mantenerlo. A simple vista, sin cola, tenia un diámetro de aproximadamente dos grados visto desde plena ciudad.

En 1984, con un grupo de la Sociedad Astronómica Orion habríamos de viajar hacia Guadalajara, Jalisco para observar un eclipse anular de Sol. Aunque todos los grupos viajaban hacia San Luis Potosí donde estarían los
campamentos de observación, yo opté por observar desde el poblado de Tonalá, colindante con Guadalajara. La mañana del 30 de mayo, con un gélido viento en la cima de una colina, logramos captar los 30 segundos que duraba la anularidad. San Luis Potosí estuvo completamente nublado.

En 1985 fui invitado por el grupo de observación del Observatorio Steward de la Universidad de Arizona a medir la ocultación de una estrella por el asteroide Ceres, visible solo desde México. Cargando grandes maletas con
telescopios Celestron 14 y fotómetros fotoeléctricos, viajamos hacia el sur de México con la compañía de otro grupo del Observatorio Lowell. En pequeños grupos de dos y tres astrónomos, nos ubicamos en Culiacan,
Mazatlán, Guanajuato y Jalisco. A mi me tocó estar en Mazatlán con Marcialia y Bob Goof, recientemente fallecido. Ubicados desde la colina donde esta la antena de televisión del puerto, registramos exitosamente el
tiempo de ocultación de la estrella y la suma de observaciones permitió la publicación de dos artículos indicando el valor mas aceptado del diámetro de Ceres hasta la fecha, de 973 km.

Ya en el Observatorio de Cananea, una noche de noviembre de 1985, José de la Herrán y yo subiríamos a la montaña para ver, por primera vez a simple vista, el célebre Cometa de Halley. Con Halley tuve muchas noches de
observación en abril de 1986 desde la famosa Cámara Schmidt de Tonantzintla, en Puebla, habiendo tenido la oportunidad de captar incluso un evento de desconexión. Por cierto, una de las noches, observando por la madrugada, repentinamente me llamaron de la caseta de ingreso: llegaba la esposa del Gobernador de Puebla en un camión con sus amigas para ver el cometa. Llamé insistentemente al Director del Instituto pero nunca me respondió y opté por atender a los visitantes. Aborde el camión para conducirlos a la cúpula que, en pocos minutos, se vio rodeada de guardias y vigilancia por todas partes. Solo faltó un guardia sobre el telescopio. Ofrecí la observación y marcharon satisfechas.

Tampoco fue un fenómeno astronómico, pero si una observación impactante. En octubre de 1987, después de haber ensamblado el telescopio de 2.1 metros del Observatorio de Cananea, nos preparábamos para la “primera luz” del mismo. Decidí dirigir el telescopio hacia Vega, provisto de un ocular. Comprendí que la estrella había sido localizada cuando vi un haz de luz saliendo del telescopio y proyectándose sobre la plataforma de observación. El telescopio de 2.1 metros había comenzado su vida observacional.

En 1988, un querido amigo chileno, Santiago Tapia, me invito a observar en el telescopio de dos metros de la Universidad de Hawai en Mauna Kea. Cumplido el requerimiento de pasar la primera noche en la base de descanso
a 2000 metros de altura, ascendimos a Mauna Kea al día siguiente para observar. Me albergaban temores porque ya en la cima teníamos un cielo completamente nublado. Procedimos a instalar el polarímetro y previo a ocultarse el Sol, salí a la pasarela en torno a la cúpula para ver el impresionante paisaje de Mauna Kea. Conforme avanzaron los minutos, noté como las nubes comenzaban a descender lentamente hasta que me rodearon con una densa niebla. Pero el descenso de las nubes continuó y repentinamente, tenia a los pies una alfombra de nubes con un cielo despejado y diáfano como nunca había visto antes. Las observaciones fueron un éxito y coronamos el período de observación una de las noches, colocando un ocular para ver al planeta Marte que se encontraba en esas fechas en una de sus oposiciones muy favorables. Vi a Marte como nunca antes en esa ocasión.

En intercambio con la Academia de Ciencias de la aún Unión Soviética, realicé un viaje a aquel país en julio de 1990, ya encontrándome en el Área de Astronomía de la Universidad de Sonora, para observar un eclipse total de Sol desde el puerto de Belamorsk, en el norte a orillas del Mar Blanco. Viajamos desde Moscú por tren y establecimos el campamento en el cual estuvimos ensayando las diversas observaciones durante una semana. Al
amanecer del día del fenómeno, el cielo se encontraba en gran parte nublado. Encargado del conteo general para toda la expedición, con el peso de una frustración enorme, marque los momentos de inicio de totalidad bajo una tenue llovizna con un cielo encapotado que se sumo a la oscuridad de los escasos 2 minutos que duraba la totalidad. Marque el fin de la totalidad en el ambiente de observación mas pesado que haya tenido en mi vida.

La situación opuesta habría de vivir el 11 de julio de 1991. En una observación que se preparo con tres años de observación junto con mi compañero José Farah de Anda, viajamos a la ciudad de La Paz en Baja California Sur, con un grupo de estudiantes, con financiamiento propio y sin grandes recursos. Instalamos el campamento en pleno desierto, en el Ejido “La Matanza”, donde afanosamente “El Veneno”, un perrito común, nos apoyaba quitando las choyas que se prendían de nuestros zapatos. Ensayamos una semana y esa mañana el Sol surgió esplendoroso con un cielo totalmente despejado. La observación se realizo sin ningún percance y disfruté el fenómeno mas impactante de mi vida al ver el Sol eclipsado, cerca del cenit, durante seis minutos y 43 segundos. Ahí comprendí cuan explicables eran los temores de culturas ancestrales ante el fenómeno. Nosotros, sabiendo exactamente lo que estaba ocurriendo y el cómo, tuvimos un impacto que ha prevalecido por una docena de años.

La escena habría de repetirse el 10 de mayo de 1994 pero en Sonora, con el eclipse anular de Sol. El pequeño pueblo de Rayón se vio transformado por tres días con nuestro campamento ubicado en la escuela del pueblo. De
nuevo, sin percance alguno, observamos un eclipse con el anillo dorado del Sol.

Nos movíamos en el marco de la celebración de los XXV años de la llegada del ser humano a la Luna en julio del mismo año, para lo cual habíamos armado un gran programa de actividades. Pero esas noches habrían de ser
igualmente memorables: el Cometa Shoemaker-Levy 9 cumpliría su cita con Júpiter. La primera tarde de observación, utilizando un telescopio Meade de 12″ y justo cuando el Sol se había ocultado, enfoque hacia Júpiter y mi gran sorpresa fue el percibir un claro y marcado punto negro en el disco del planeta, huella de uno de los impactos. Cada noche seguimos la imagen y grabamos en video hasta que el planeta se ocultaba, toda la danza de
huellas en su atmósfera. La fortuna de haber logrado ver ese fenómeno, posiblemente opaca cualquiera otra de las observaciones mencionadas ya que, es bien sabido, la oportunidad de volver a observar un suceso similar es sumamente remota para nuestra generación.

El dato del grado de acercamiento a la Tierra del Cometa Hyakutake insinuó de inmediato que tendríamos un espectáculo previo a la llegada del Cometa Hale-Bopp que para esas fechas ya se había descubierto y prometía ser
un cometa brillante. Aunque Hyakutake no era un gran cometa, si estaría lo suficientemente cercano y en excelente posición para los observadores del norte. Armamos una gran campaña informativa y la noche de la mayor
proximidad en 1996, reunimos a todos los medios de comunicación en el Estadio Universitario. Después de una breve explicación, apagamos las tenues luces que manteníamos y apareció el cometa con su cola fácilmente visible a lo largo de 60 grados.

Justo a finales de ese año, Hale-Bopp resplandecía en el cielo del amanecer con una clara y definida cola azul de gas. Cuando pasó al cielo de inicio de la noche, decidimos realizar observaciones públicas desde todos los puntos cardinales de la ciudad, eligiendo para ello estacionamientos de plazas comerciales. La sorpresa era el poder observar perfectamente el cometa aun con la iluminación de los estacionamientos.

El máximo pronosticado de la lluvia meteórica “Leonidas”, ofreció excelentes espectáculos los amaneceres del 17 de noviembre de 1998 a 2002. La observación fue impactante en 2000 pero la mas intensa que observe y haciéndolo desde la Universidad, en el centro de la ciudad, ocurrió en 2002, con una tremenda afluencia de meteoros durante veinte minutos aproximadamente.

En el verano de 2001 tuve la primera oportunidad de ver con todo su esplendor Alfa y Beta Centauri, la Cruz del Sur y la Vía Láctea en esas regiones desde la Isla de Mauricio. Tal experiencia la repetiría el siguiente año desde Argentina.

No podíamos perdernos el gran acercamiento del planeta Marte la noche del 26 de agosto de 2003. Con dos meses de anticipación coloque abundante información al respecto en nuestras paginas Web y convocamos al público para observar en la Plaza frente a la Universidad de Sonora. Los compañeros del Área se mantuvieron desde el inicio de la noche hasta las 4 de la mañana, ofreciendo la observación a aproximadamente cinco mil personas que acudieron al llamado. Mientras, yo atendía a unos 30,000 que ingresaban de todo el mundo a la transmisión de la imagen del planeta que realizábamos por nuestro sistema de televisión en Internet, ASTRO-USON WebTV Observación y Educación. Minutos antes del momento crítico del mayor acercamiento, coloque un ocular para hacer proyección de una gran imagen. La nitidez con la que veía a Marte esa noche con mi telescopio de 20 cm, era comparable a aquel vistazo que dimos desde Mauna Kea en 1988.

¿Que me falta? Una Supernova. Estoy a la espera y con la esperanza de lograr verla.