Los orígenes de carne y hueso.
Por El Perplejo Sideral

Para ella, Carl era el Sol, la Luna y la Tierra. Peter Pesch, padrino de suprimera boda.

Raquel le dijo dijo a su pequeño hijo que era brillante, y él confiado en su madre, se lo creyó.

Desde muy pequeño Carl era fantasioso. Desde los dos años creía ver “una presencia” en su cuarto. Era muy impresionable y podía tener ciertos escapismos.

Un día, cuando tenía cinco años, se encontró mirando por la ventana de su cuarto hacia el mar, hacia la llamada parte baja de la Bahía de Nueva York. Era por la tarde y el Sol casi se ponía. Absorto y contemplativo, no se dio cuenta que Raquel entró. Las olas del mar iban y venían en ese cadencioso ritmo hipnótico. 

—Es el Oceáno Atlántico, hijo —le dijo Raquel —Al otro lado de este oceáno, las gentes estan matándose unos a otros.

—Sí, lo se — le contesta el niño. Desde aquí los puedo ver.
Raquel, era sumamente racional, y le contesta:

—No, claro que no. Desde aquí no puedes. Está muy lejos.

Este trivial incidente quedó muy grabado en la mente del niño Sagan. El sabía que era la adoración de su madre y sin embargo ¡le había contradecido!

No entendía. Años después, él escribió: “¿Cómo podía saber ella, si yo podía o no, ver lo que estaba diciendo?; En mi imaginación, todo se presentaba en luchas con las espadas desenvainadas, igualito como lo leía en mis revistas de comics

El niño Carlo Sagan vivió en una especie de montaña rusa entre lo racional y lo místico, lo sentimental. Raquel era ultra racional y su padre Samuel, todo lo contrario. Samuel era de naturaleza emocional, cursi y marcadamente “misericordioso”.

Los vecinos recordaban a Samuel repartiendo frutas, saludando y contando anécdotas simpáticas. Y parecía que Carl, había heredado las dos partes.

Raquel podía ser exasperante y sacar de quicio al más pintado —igual que Sagan de adulto.

Una de sus características situaciones de paranoia era que no deberían de comer en restaurantes ya que aseguraba que algunos meseros escupian los alimentos antes de servirlos en las mesas.

Su racionalismo era a veces desquiciante.
 
En una ocasión, Raquel se encontraba en la cocina preparando un guiso, en eso entra el niño Sagan y al recibir los olores de la preparación, y saboreándose, hace el sonido de ¡Mmm!

—“Mmm” ¿Qué significa”Mmm” Carl?— casi gritando le dice Raquel.

—¡No puedes decir “Mmm”, si no lo has probado!

En algún momento de su vida adulta, Sagan llegó a comentar en público que “A veces, aquí o allá, mientras estoy trabajando o cuando me estoy rasurando, creo escuchar las voces de alguno de mis padres, diciendome Carl, atención a esto o aquello…Sé de quién son esas voces; La memoria de sus voces están en diferentes partes de mi cerebro, y no me sorprende que mi cerebreo pueda ordenarlas en una especie de play back..

Cuando Sagán repetía esta historia no faltaban los parasicologos que mal entendían su significado. “¡Sagan, el rey de los escépticos, en contacto síquico con sus padres muertos!”

Sagan, uno de los cientificos más famosos del planeta, era una especie de sueño húmedo para los pseudocientíficos y ocultistas —que terminaron odiándolo— quiénes muchas veces y de muchas maneras buscaron la manera de atraerlo hacia alguno de sus intereses.

Sagan propuso muchas ideas inusuales para su tiempo, incluso colegas lo acusaban de sensacionalista, pero siempre el esceptico que vivía dentro de él, —la “Raquel” interior— lo detenía.

El niño Sagan ya daba muestras de ser de mente abierta. Hoy nos parecería de lo más normal, pero en los tiempos de prejuicios de la sociedad americana, la depresión económica y la marcada inclinación a las etiquetas sociales de la época, llevar a cenar a casa a un invitado, no judío, pero sí de raza negra, sorprendió a la misma Raquel.

—¿Porqué no me dijiste que el niño que traerías a cenar era negro?

—Sagan se le queda viendo a su madre, sorprendido.

—Nunca me dijeron que eso era importante. —contestó el niño Sagan.